—¿No advertís? —hizo notar Clara—. Resuenan por este lado.
—En la caja —añadió Juanita consultando con los ojos al anticuario.
—¡Cómo! ¿En la de la momia? —balbuceó don Sindulfo tan asombrado como sus compañeros.
En esto, Benjamín que había permanecido en la actitud de la meditación:
—Sí; eso es —articuló, dándose un golpe en la frente.
—¿El qué? —prorrumpieron todos en coro.
—Que retrogradando hemos llegado al período en que la emperatriz aún vivía, si bien enterrada, y mi momia no es sino la desgraciada consorte del emperador Hien-ti.
Y dirigiéndose estaba ya al sarcófago, cuando un nuevo golpe más formidable que los otros hizo saltar los goznes de la caja, y una hermosa mujer en toda la lozanía de la juventud salió de aquel lecho de muerte.
—¡Sun-ché! —gritaron todos los chinos reconociéndola y prosternándose ante la maravillosa aparición.