—Sí, hija mía—contestó el monje—; y por la misericordia de Dios, así confío que sucederá.
—¡Ah, ya es tarde, ya es tarde!—exclamó ella con un acento que partía el corazón.
—Nunca es tarde para la misericordia divina—contestó el anciano, que, ya sobresaltado por su aspecto, se sentía espantado con esta súbita exclamación.
—Sí; ya es tarde, os digo—replicó ella con la mayor amargura—. Yo veré amanecer ese día, pero mis ojos se cerrarán en cuanto su sol me alumbre con sus rayos. Sí, sí; no os asombréis; el sueño ha huído de mis párpados, mi corazón se ahoga dentro del pecho, mi pulso y mis sienes no dejan de latir un instante. Cuando llego a descansar un momento en brazos del sueño, oigo una voz que me llama, y veo mi sombra que cruza los aires con un ramo de azucenas en la mano y una corona de rosas blancas en la cabeza; y luego, otra sombra vestida una túnica rutilante, como el hábito del Temple, y un casco guerrero en la cabeza, me sale al encuentro, y alzándose la visera como en la tarde del soto, me dice de nuevo, pero con un acento dulcísimo: «¡Soy yo, doña Beatriz!» ¡Y esta sombra es la suya! Entonces despierto bañada en sudor, palpitando mi corazón como si quisiera salirse del pecho, y un diluvio de lágrimas corre por mis mejillas. Mi antiguo valor me ha abandonado; mis días de gloria se han desvanecido; las flores de mi juventud se han marchitado, y la única almohada en que pretendo reclinar ya mi cabeza es la tierra de mi sepultura. ¡Ah!—exclamó retorciéndose las manos desesperadamente—, ¡ya es tarde! ¡ya es tarde!
Quedóse el abad como de hielo al escuchar aquella temible declaración que, ahogada hasta entonces y comprimida, reventaba al fin con inaudita violencia. El semblante de doña Beatriz, la flacura de su cuerpo, la brillantez de su mirada, el metal de su voz habían llenado su imaginación de zozobra y de recelo; pero ahora se había trocado en una fatal certidumbre de que apenas sería dado a la ciencia y al poder humano lavar aquel alma de las heces que el dolor había dejado en su fondo, y curar aquel cuerpo de su terrible dolencia. Sin embargo, cobrando fuerzas y saliendo de su estupor, la dijo con acento suave y persuasivo:
—Doña Beatriz, para Dios nunca es tarde, ni en su poder puede poner tasa el orgullo o la desesperación humana. Acordaos de que sacó vivo del sepulcro a Lázaro, y no arrojéis de vuestro seno la esperanza, que, como vos misma decíais en una solemne ocasión, es una virtud divina.
—Tenéis razón, padre mío—repuso ella como avergonzada de aquel ímpetu, que no había podido sojuzgar, y secándose las lágrimas—; hágase su voluntad, y mírenos con ojos de misericordia, porque en Él solo espero.
—¿Por qué así, hija mía?—replicó el monje—; todavía sois joven y quizá contaréis muchos días de felicidad.
—¡Ay, no!—contestó ella—; mi prueba ha sido muy dura y yo me he quebrantado en ella como frágil vasija de barro, pero nunca me levantaré contra el alfarero que me formó.
—Doña Beatriz, dadme vuestro permiso para retirarme—dijo el religioso poniéndose en pie—; advierto que con este coloquio os habéis agitado en demasía, pero os dejo muy encomendada la memoria de mis consejos. Probablemente no tardaré en ausentarme, porque los caballeros del Temple al cabo se sujetarán de grado al concilio de Salamanca, y a mí, que he sido el causador de vuestros males, aunque inocente, me toca repararlos.