—¿No es ese conde el mismo—repuso doña Beatriz—que después de lograr de la noble reina doña María el lugar de Monforte en Galicia, abandonó sus banderas para unirse a las del infante don Juan?

—El mismo—contestó don Alonso poco satisfecho de la pregunta de su hija—; y ¿qué tenéis que decir de él?

—Que es imposible que mi padre me dé por esposo un hombre a quien no podría amar ni respetar tan siquiera.

—Hija mía—contestó don Alonso con moderación, porque conocía el enemigo con quien se las iba a haber, y no quería usar de violencia sino en el último extremo—, en tiempo de discordias civiles no es fácil caminar sin caer alguna vez, porque el camino está lleno de escollos y barrancos.

—Sí—replicó ella—, el camino de la ambición está sembrado de dificultades y tropiezos; pero la senda del honor y la caballería es lisa y apacible como una pradera. El conde de Lemus sin duda es poderoso, pero aunque sé de muchos que le temen y odian, no he oído hablar de uno que le venere y estime.

Aquel tiro, dirigido a la desalmada ambición del de Lemus, que sin saberlo su hija venía a herir a su padre de rechazo, excitó su cólera en tales términos que se olvidó de su anterior propósito, y contestó con la mayor dureza:

—Vuestro deber es obedecer y callar y recibir el esposo que vuestro padre os destine.

—Vuestra es mi vida—dijo doña Beatriz—y si me lo mandáis, mañana mismo tomaré el velo en un convento; pero no puedo ser esposa del conde de Lemus.

—Alguna pasión tenéis en el pecho, doña Beatriz—contestó su padre dirigiéndola escrutadoras miradas—. ¿Amáis al señor de Bembibre?—le preguntó de repente.