Llegó, por fin, ésta acompañada de su tía y ataviada como aquel caso lo pedía, y haciendo una ligera reverencia al conde se sentó en otro sillón destinado para ella en la parte de adentro de la reja. La abadesa, después de corresponder al cortés saludo y cumplimientos del caballero, se retiró, dejándolos solos. Doña Beatriz, entretanto, observó con cuidado el aire y facciones de aquel hombre que tantos disgustos le había acarreado y que tantos otros podía acarrearle todavía. Pasaba de treinta años, y su estatura era mediana, su semblante de cierta regularidad; carecía, sin embargo, de atractivo, o por mejor decir repulsaba por la expresión de ironía que había en sus labios delgados, revestidos de cierto gesto sardónico; por el fuego incierto y vagaroso de sus miradas, en que no asomaba ningún vislumbre de franqueza y lealtad, y, finalmente, por su frente altanera y ligeramente surcada de arrugas, rastro de pasiones interesadas y rencorosas, no de la meditación ni de los pesares. Venía cubierto de un rico vestido y traía al cuello, pendiente de una cadena de oro, la cruz de Santiago. Habíase quedado en pie y con los ojos fijos en aquella hermosa aparición, que, sin duda, encontraba superior a los encarecimientos que le habían hecho. Doña Beatriz le hizo un ademán lleno de nobleza para que se sentase.

—No haré tal, hermosa señora—respondió él cortésmente—, porque vuestro vasallo nunca querría igualarse con vos, que en todos los torneos del mundo seríais la reina de la hermosura. ¡Ojalá fuérais igualmente la de los amores!

—Galán sois—respondió doña Beatriz—y no esperaba yo menos de un caballero tal; pero ya sabéis que las reinas gustamos de ser obedecidas, y así espero que os sentéis. Tengo, además, que deciros cosas en que a entrambos nos va mucho—añadió con la mayor seriedad.

El conde se sentó no poco cuidadoso, viendo el rumbo que parecía tomar la conversación, y doña Beatriz continuó:

—Excusado es que yo os hable de los deberes de la caballería y os diga que os abro mi pecho sin reserva. Cuando habéis solicitado mi mano sin haberme visto y sin averiguar si mis sentimientos me hacían digna de semejante honor, me habéis mostrado una confianza que sólo con otra igual puedo pagaros. Vos no me conocéis y por lo mismo no me amáis.

—Por esta vez habéis de perdonar—repuso el conde—. Cierto es que no habían visto mis ojos el milagro de vuestra hermosura, pero todos se han conjurado a ponderarla, y vuestras prendas, de nadie ignoradas en Castilla, son el mayor fiador de la pasión que me inspiráis.

Doña Beatriz, disgustada de encontrar la galantería estudiada del mundo, donde quisiera que sólo apareciese la sinceridad más absoluta, respondió con firmeza y decoro:

—Pero yo no os amo, señor conde, y creo bastante hidalga vuestra determinación para suponer que sin el alma no aceptaríais la dádiva de mi mano.

—¿Y por qué no, doña Beatriz?—repuso él con su fría y resuelta urbanidad—: cuando os llaméis mi esposa, comprenderéis el dominio que ejercéis en mi corazón, me perdonaréis esta solicitud, tal vez harto viva, con que pretendo ganar la dicha de nombraros mía, y acabaréis, sin duda, por amar a un hombre cuya vida se consagrará por entero a preveniros por todas partes deleites y regocijos, y que encontrará sobradamente pagados sus afanes con una sola mirada de esos ojos.