—¡Padre mío, padre mío! ¡no me entreguéis a ese hombre indigno, no me arrojéis en brazos de la desesperación y del infierno! ¡Mirad que seréis responsable delante de Dios de mi vida y de la salvación de mi alma!

Don Alonso, cuyo natural franco y sin doblez no comprendía el disimulo del conde, llegó a pensar que su discreción y tino cortesano habían dado la última mano a la conversación de su hija, y aunque no se atrevía a creerlo, semejante idea se había apoderado de su espíritu mucho más de lo que podía esperarse de tan corto tiempo. Así, pues, fué muy desagradable su sorpresa viendo el llanto y desolación de doña Beatriz. Sin embargo, le dijo con dulzura:

—Hija mía, ya es imposible volver atrás; si este es un sacrificio para vos, coronadlo con el valor propio de vuestra sangre y resignaos. Dentro de tres días os casaréis en la capilla de nuestra casa con toda la pompa necesaria.

—¡Oh, señor!, ¡pensadlo bien!, ¡dadme más tiempo tan siquiera!...

—Pensado está—respondió don Alonso—, y el término es suficiente para que cumpláis las órdenes de vuestro padre.

Doña Beatriz se levantó entonces, y apartándose los cabellos con ambas manos de aquel rostro divino, clavó en su padre una mirada de extraordinaria intención, y le dijo con voz ronca:

—Yo no puedo obedeceros en eso, y diré «no» al pie de los altares.

—¡Atrévete, hija vil!—respondió el señor de Arganza fuera de sí de cólera y de despecho—, y mi maldición caerá sobre tu rebelde cabeza y te consumirá como fuego del cielo. Tú saldrás del techo paterno bajo su peso, y andarás como Caín, errante por la tierra.

Al acabar estas tremendas palabras se salió del locutorio, sin volver la vista atrás, y doña Beatriz, después de dar dos o tres vueltas como una loca, vino al suelo con un profundo gemido. Su tía y las demás monjas acudieron muy azoradas al ruido, y ayudadas de su fiel criada la transportaron a su celda.