A pesar de estas disensiones, tanto el monarca como los señores del partido de Lara, estaban acordes en un punto: el odio a los templarios, y, sobre todo, en el deseo de repartirse sus despojos. Cierto es que el rey no había recibido daño de la Orden en las pasadas turbulencias y que los caballeros se habían mantenido neutrales cuando menos, durante aquella época azarosa, pero no lo es menos que un miembro de ella, el comendador Martín Martínez, había entregado al infante don Juan, el castillo y plaza del puente de Alcántara. El rey, sin embargo, tuvo más en cuenta este hecho aislado que el comportamiento decoroso de toda la Orden; y por otra parte, el deseo de reparar con sus bienes los descalabros de la corona, y de acallar con ellos la codicia de sus ricos hombres, acabaron de inclinar la balanza de su ánimo en contra de tan ilustre milicia. No obstante, como el papa Clemente IV no acababa de fulminar sus anatemas, ni se atrevía a tomar bajo su protección a aquella tan perseguida caballería, estaban los ánimos en suspenso y con la espada a medio sacar de la vaina. De todas maneras, no se cesaba un punto de minar en la opinión los cimientos del Temple y de urdir sordas cábalas para el día en que hubiesen de romperse las hostilidades. El infante don Juan, centro de todas ellas, no reposaba un momento, y como dejamos ya indicado, los proyectos del conde de Lemus y las amarguras de doña Beatriz y de don Álvaro, eran obra de aquellas manos, que así asesinaban en la cuna los niños inocentes, como las esperanzas más santas y legítimas. Los templarios eran dueños de las entradas de Galicia por la parte del puerto de Piedrafita, Valdeorres, con los castillos de Cornatel y del Valcarce. Las fortalezas de Corullón, Ponferrada, Bembibre, dominaban las llanuras más pingües del país, y, por otra parte, si las casas de Yáñez y Ossorio llegaban a enlazarse, sus numerosos vasallos montañeses de las fuentes del Boeza y del Burbia cerrarían gran porción de entradas y desfiladeros y harían casi inexpugnable la posición de la Orden en aquella comarca. Harto claro veían esto el infante y los suyos, y de ahí nacían las persecuciones del conde, que, lejos de venir a la jornada de Tordehumos, se quedó en los confines de Galicia y en el Bierzo, así para llevar adelante su particular propósito, como para juntar fuerzas contra los templarios, con quienes parecía inevitable un rompimiento.

Encontróse, pues, solo don Álvaro en medio de la hueste de Castilla, o por mejor decir, acompañado de la natural ojeriza y recelo que inspiraba su alianza estrecha y sincera con el Temple, su valor, su destreza en las armas y la nombradía que había sabido alcanzarse de antemano. Por fin, junto al ejército real, y completa ya la gente del señor de Bembibre, que con el segundo tercio, acaudillado por Robledo, se le había incorporado, moviéronse de Carrión y fueron a ponerse sobre Tordehumos con grandes aprestos, bagajes y máquinas de guerra.

CAPÍTULO XIII

Justamente el señor de Bembibre se alejaba del Bierzo cuando la fiebre se cebaba en doña Beatriz con terrible saña, y la infeliz le llamaba a gritos en medio de su delirio. ¿Quién le dijera a él, cuando en lo más alto de la sierra que divide al Bierzo de los llanos de Castilla volvió su caballo para mirar otra vez aquella tierra, cuyos recuerdos llenaban su corazón; quién le dijera que aquella doncella angelical, su único amor y su única esperanza para el porvenir, yacía en el lecho del dolor mirando con ojos encendidos y extraviados a cuantos la rodeaban y consumidos sus delicados miembros por el ardor de la calentura? Tal era, sin embargo, la tremenda realidad, y mientras la cuchilla de la muerte amagaba a la una, corría el otro por su parte a innumerables riesgos y peligros. Así, de dos hojas nacidas en el mismo ramo y mecidas por el mismo viento, cae la una al pie del árbol paterno, en tanto que la compañera vuela con las ráfagas del otoño a un campo desconocido y lejano.

Figúrense nuestros lectores la consternación que causaría en Arganza la triste noticia de la enfermedad de su única heredera. Doña Blanca, por la primera vez de su vida, soltó la compresa a su dolor y a sus quejas y se desató en reproches e invectivas contra la obstinación de su esposo y contra los planes que así amenazaban a aquella criatura tan querida, en términos que aun al conde, a pesar de la hospitalidad, le alcanzó parte de su cólera. Inmediatamente declaró su resolución de ir a Villabuena, a pesar de sus dolencias, y de asistir a su hija; y don Alonso, temeroso de causar una nueva desgracia contrariándola en medio de su agitación, ordenó que en una especie de silla de manos la trasladasen al monasterio. En cuanto llegó, sus miembros casi paralíticos parecieron desatarse, y sus dolores habituales cesaron; por manera que todos estaban maravillados de verlo. ¡Admirable energía la del amor maternal, santo destello del amor divino, que para todo encuentra fuerzas y jamás se cansa de los sacrificios y fatigas más insoportables!

Doña Beatriz no conoció ya a su madre, aunque sus miradas se clavaban incesantemente en ella y parecía poner atención a todas las palabras de ternura que de sus labios salían; pero era aquella especie de atención a un tiempo intensa y distraída que se advierte en los locos. Su delirio tenía fases muy raras y diversas: a veces era tranquilo y melancólico, y otras lleno de convulsiones y de angustias. El nombre de su padre y el de su amante eran los que más frecuentemente se le escapaban; y aunque el del conde se le escuchaba alguna vez, siempre era tapándose la cara con las sábanas o haciendo algún gesto de repugnancia.