—¿Y si vuestro padre os obligase a darle la mano?

—Mal le conocéis; mi padre nunca ha usado conmigo de violencia.

—¡Alma pura y candorosa, que no conocéis hasta dónde lleva a los hombres la ambición! Y si vuestro padre os hiciese violencia, ¿qué resistencia le opondríais?

—Delante del mundo entero diría: ¡no!

—¿Y tendríais valor para resistir la idea del escándalo y el bochorno de vuestra familia?

Doña Beatriz rodeó la cámara con unos ojos vagarosos y terribles, como si padeciese una violenta convulsión, pero luego se recobró casi repentinamente, y respondió:

—Entonces pediría auxilio al Todopoderoso, y él me daría fuerzas; pero, lo repito, o vuestra o suya.

El acento con que fueron pronunciadas aquellas cortas palabras descubría una resolución que no habría fuerzas humanas para torcer. Quedóse don Álvaro contemplándola como arrobado algunos instantes, al cabo de los cuales le dijo con profunda emoción:

—Siempre os he reverenciado y adorado, señora, como a una criatura sobrehumana, pero hasta hoy no había conocido el tesoro celestial que en vos se encierra. Perderos ahora sería como caer del cielo para arrastrarse entre las miserias de los hombres. La fe y la confianza que en vos pongo es ciega y sin límites, como la que ponemos en Dios en la hora de la desdicha.

—Mirad—respondió ella señalando el ocaso—; el sol se ha puesto, y es hora ya de que nos despidamos. Id en paz y seguro, noble don Álvaro, que si pueden alejaros de mi vista no les será tan llano avasallar mi albedrío.