Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre el pecho:

—Con lo que acabas de decir—repuso—mi vida en el siglo ha terminado. Eres agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te perdone.

Su expresión era extraña. El demasiado dolor la hacía sonreír. Caminó hacia la mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la retorció debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, salió de la estancia.


SEGUNDA PARTE

I

El rey don Felipe Segundo era llamado, con razón, el Prudente.

Grandes fueron los tumultos y demasías de Aragón; sin embargo, a fines del año de 1591 todo pareció terminar en paz y concordia bajo la simulada clemencia del Monarca. Los señores rebeldes, perdido el recelo, volvían a Zaragoza y ofrecían su mesa a los oficiales del ejército castellano. Había llegado el momento de la regia venganza.

Cierta mañana, el Justicia Mayor, don Juan de Lanuza, al subir las gradas de la Catedral, hallose arrestado en nombre del Rey. Un capitán de arcabuceros le esperaba desde temprano, fingiendo examinar las estampas de una tienda de libros.

«Prenderéis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar luego la cabeza», tal era la orden manuscrita de Felipe Segundo.—¿Y quién me condena?—había preguntado el Justicia al oír la lectura de la sentencia.—El Rey mismo—le respondieron.—Nadie puede ser mi juez—replicó—sino Rey y reino juntos en Cortes.