—Alguno será—replicó el lectoral—que no quiso ver a España destrozada otra vez por la revuelta, como en tiempos del Emperador.
Contó en seguida, sin dar lugar a otra pregunta, que los agentes de Su Majestad habían sospechado de don Alonso, y que, durante la ausencia del caballero, entraron de rondón en su casa, revolviendo hasta la última gaveta y llevándose un gran fajo de papeles.
—¿En dónde será ajusticiado don Diego?—volvió a preguntar bruscamente Ramiro. Su mirada pensativa parecía inmovilizada por algún pensamiento dominador.
—En el Mercado Chico—replicó el Canónigo.—Ayer le fue notificada la sentencia, hoy debe haberse confesado para recibir el Santísimo Sacramento, y mañana le sacan de la Alhóndiga, a mediodía, para llevarle a degollar. Ya es cosa convenida que ningún noble ha de ir a saludalle, y que, fuera de los villanos, que siempre han sido golosos de esta clase de espectáculos, veranle sólo en la mula las gentes de ley y las Comunidades y Cofradías.
Al escuchar aquel sañudo lenguaje, Ramiro declaró con vehemencia que si los nobles avileses no iban a despedirse de Bracamonte, en aquel trance final, eran todos unos malos caballeros.
—Nadie ignora—exclamó—que el don Diego, a más de su antiguo y glorioso linaje, ha sido siempre un hombre de mucha honra, y que, sin duda, su trágico fin lo debe a la alteza de su ánimo. De mí puedo decir que he de ir en pos de él hasta el pie del cadalso, sin pensar en mi propio interés ni en la razón o sin razón de su condena.
Pronunció estas palabras con tal arrogancia, que su confesor y maestro creyó necesario arrugar el sobrecejo y levantar la cabeza antes de responderle.
—Haced lo que os plazca—le dijo;—pero cuidad que vuestra inadvertida juventud no os enderece por donde tal vez no queréis caminar. Don Diego será, como decís, harto infanzón, aun que de cepa gabacha y no española, sea dicho de paso; pero lo cierto es que ha sido agora traidor y aleve con su Rey.
—Don Diego—repuso Ramiro con el rostro demudado—es gran caballero y no pudo ser jamás aleve ni traidor como dice vuesa merced.
—Pues yo repito—replicó de mala manera el lectoral, mostrando los dientes y golpeando dos veces en la mesa con el puño—que don Diego es traidor y cobarde.