—¡Quién quisiera llevar agora una toca como ésa! ¡Antes morir!—observó la niña, agregando:—Mirad: tenía en el cuello un lunar como el mío.
Bajándose entonces la gorguera mostrole a Ramiro la terneza de su garganta. El mancebo se sintió desconcertado ante aquella blanquísima piel donde minúsculo lunar exasperaba el deseo cual voluptuosa pimienta.
De pronto, girando sobre sus corchos como en una mudanza de baile, Beatriz exclamó:
—¡Basta de muertos!—agregando con cortesana sonrisa:—Bien sé que sois de sangre muy clara y que podéis referir grandes cosas de los agüelos; pero holgárame en oíros contar las vuestras algún día.
—Tiempo queda—repuso el mancebo, sintiendo subir a sus mejillas inesperado rubor.
—Mi padre—añadió Beatriz,—siendo un mancebillo, marchose a la guerra. Esto lo digo sólo por aguijaros.
—Desde ya me obligo; pero no crea ninguno que he de padecer en la guerra más que aquí, ni que han de ser en ella más arduos los peligros, ni más duros los cautiverios, ni más propincua la muerte.
—Incomprensible os volvéis.
—Decidme—exclamó Ramiro sonriendo:—¿qué batalla habrá por el mundo más dura que mi porfía, qué adarve más áspero que vuestro corazón, qué infieles más temibles que esos vuestros ojos, mi señora?
—Muy tierno me requebráis. Quiero pensar que lo decís de vero.