¡Y qué decir de la pompa de los estrados, del boato de las colgaduras, del aparato de las libreas!

¡Ah, tantos años sin encontrar la verdad! ¡Pero ahora, al menos, la veía ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el muro: librarse cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la quietud, de la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga mundana, lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y dirigir todas las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la salvación! Era ya un anciano y no podía ofrecer al Señor sino un pasado de crímenes y un aparato caedizo y funesto de vanagloria.

Habíase sentado en un sillón de la librería, esperando que aderezaran su lecho.

—Aún queda remedio—se dijo de pronto, y levantose bruscamente para hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la reciente determinación de ingresar a las órdenes. Pero, al acercarse a una puerta, su oído comenzó a escuchar un acompañamiento de rabel y una voz juvenil y melodiosa. Despegó azoradamente los labios. ¡Su hija!

De estancia en estancia fuese acercando a la alcoba. La puerta mal cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver sino a la dueña que, sentada sobre un almohadón, seguía el compás con la cabeza, entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba:

Ventura quiso qu'os viese,
amor que luego os amase,
ausencia que n'os mirase
porqu'en veros no muriese:
todo lo hizo ventura,
ventura fue conosceros,
conosceros fue quereros,
quereros fue desventura.
Presentes penas mortales
causan dolor verdadero;
sus muestras hacen señales
del triste mal venidero:
la muerte siento venir,
porque ventura consiente,
qu'el grave dolor presente
descubre lo por venir.

Con el último acento de aquella vieja canción castellana, doña Alvarez exclamó:

—¡Pascua de flores, ángel de alcorza! ¡Quién fuera vuestro galán para escuchar a vuestras plantas ese blando tañer y esa voz tan regalada, que hace correr las lágrimas de puro deleite! Yo sé de uno que daría las niñas de sus ojos por sólo haberos escuchado agora, señora mía.

—¿De Ramiro dices?—preguntó la doncella.

—Callad con ese espectro de noche, verdacho como una aceituna, soberbioso y figurero como un rey de farándula, que no le quisiera yo para mí, con ser viuda y quintañona. De otro digo, rubio como un ángel y el más alindado de los galanes. ¡Ah, quién me diera vuestra doncellez para dejarle hacer su deseo!