—¿Hanle robado a vuesa merced la cadena? ¡Vive Dios!

—Fuese la soga tras el caldero, Pablillos.

—¿La jugó también vuesa merced?

—Juguela.

—¿Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal?

—Todo.

—¡Ah, cuánta desgracia! ¿Y cómo habré de comprar las provisiones para mañana y los días venideros?

—Eso piénsalo tú, que eres villano—exclamó Ramiro muy cerca de la cólera.

—No tan villano, señor, que es bien sabido que los Martínez fueron siempre de muy limpia sangre castellana, y que, a no ser el incendio que destruyó todo el solar de mis padres, podría yo enseñar agora a vuesa merced tamañotes pergaminos de mi hidalguía.

Luego, después de haber quitado a su amo las calzas, balbuceó con cautelosa humildad: