—Pida perdón el alevoso.

—Vos a mí, villano, por vuestras calumnias menguadas.

—¡Muera entonces el perro morisco!—volvió a gritar San Vicente.

—Hablad más quedo, señor regidor; no sea que os preste ayuda la ronda.

—No la he menester.

—Pues busquemos, si os place, algún sitio más apartado, donde el rumor de las espadas no haga asomar a alguna dueña pensando que es el oro de vuestra bolsa.

—Vamos donde gustéis.

Los dos envainaron, y Ramiro tomó por la angosta calleja, en la dirección del Nordeste, hacia un paraje solitario dentro de los muros, que él había observado en uno de sus paseos.

Gonzalo marchaba a la izquierda, y su capa gris semejaba una tela de plata entre la incierta claridad de la noche.

Llegados que fueron ante un viejo portalón, Ramiro se detuvo y trató de violentar el cerrojo. Gonzalo ayudó con el hombro. Por fin, después de un vano forcejeo, convinieron en escalar juntos la tapia. Gonzalo apoyó su pie en el muslo de Ramiro y, cuando se hubo encaramado, tendió desde arriba la mano a su rival, ayudándose uno a otro como en los desafíos de los libros caballerescos y como lo hicieran Amadís, Rugero o Esplandián, con su valiente cortesanía.