—Son los que han de morir.
Las voces crecieron y se propagaron de modo atronador; y poco después, de un extremo al otro del Zocodover, el populacho rugía con salvaje fiereza, ávido de aquella hez de maldición y de espanto.
Ramiro se empinó sobre el taburete.
Dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados custodiaban a cada uno de los reos, mientras un fraile dominicano le predicaba continuamente poniéndole ante los ojos el santo signo de la cruz. Todos llevaban, a más del sambenito, el bonete trágico y burlesco, la amarilla coroza, cubierta de terribles pinturas de llamas y demonios. El terror, el coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma alegría, alternaban en aquellos rostros malditos. Era una procesión de aquelarre, una cáfila de infierno, y hasta la luz matinal se tornaba siniestra al alumbrar de lleno las palideces patibularias, las femeninas guedejas lodosas de sudores febriles y polvo subterráneo, las atroces pupilas que parecían conservar aún la expresión de terror y de súplica que tomaron en el tormento.
Era prohibido tocar a los reos; pero el populacho se desquitaba cubriéndoles de escarnios y maldiciones.
—¡Ah! ¡ah! ¡mártires del Diablo, ya veréis cómo escuece!
—¡Que os echen dos puñados de sal y un tantico de orégano!
—¡Que le metan a ésa un cohete por debajo del rabo pa que le conozco su madre cuando la quema!
Una mujer gritó desde una ventana:
—¡Arrepentíos, desdichados; pensad en los infiernos!