Con el dinero que había encontrado en los gregüescos compró una mula para abreviar el camino y un capote para cubrirse, y de este modo, después de innumerables peripecias, llegó, por fin, a la ciudad de Cádiz, a mediados de diciembre.
El mismo día, recorriendo las calles, vio una bandera de compañía colgada de una ventana; preguntó por el capitán y le dijeron que se había marchado la víspera para Jerez. Iba a retirarse, cuando un soldado, que estaba sentado en un poyo, junto a la puerta, exclamó:
—Si vuesa mercé, seor caballero, quiere hablar con Pablo Martínez, el alférez, ahí le tiene a su derecha.
Ramiro volvió el rostro y su asombro fue inmenso al ver cruzar la calle a su antiguo paje vestido con galas de soldado.
Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una escaramuza, cerca de Groninga, dos compañías de escopeteros españoles, sorprendidas por una carga del enemigo, volvieron la espalda para salvarse. Sólo Pablillos permaneció en su puesto sin hacer el menor ademán. Al siguiente día le hallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo; había perdido el habla y estaba cubierto de contusiones. Esto le valió la bandera. Algunos dijeron entonces que el miedo no le había dejado menearse; otros, que se había agazapado bajo la cureña de una culebrina; pero ahora los nuevos soldados le miraban como a un héroe, y toda la población como a una gloria gaditana. Al reconocer a Ramiro, le prometió ayudarle en lo que pudiese, y cuando supo su resolución de entrar en la compañía como soldado, llevole en persona a comprar lo que hubiera menester para embarcarse. Debían zarpar para el Perú a fines de diciembre.
El día veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis de la tarde, tres gruesos galeones dejaban la bahía, desplegando una a una sus velas numerosas, que tomaban al pronto en el crepúsculo vivo tinte de oro y de sangre.
En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y tendiendo su mirada, su imaginación y toda su alma hacia la fabulosa esperanza del horizonte.
Las tres farolas de popa se encendieron, y las naves tomaron la ruta de América.
Entretanto, allá en la ribera, hacia la punta de San Felipe, una muchacha, con los zapatos despedazados y echada de pechos sobre la última roca, miraba, sollozando, aquellas luces mortecinas, cada vez más pequeñas, cada vez más lejanas; y la marea, aislando poco a poco el escollo, jugaba con su manto verduzco, apagaba sus lamentos, se llevaba sus lágrimas, y le murmuraba al oído enorme y despiadada canción que reía con las espumas.