Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión acostumbrada. Vivaz, enérgica, perentoria fue la consigna. Debía recorrer a menudo el arrabal de Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas, en los bodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora. Era preciso hallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagrante conspiración, aunque se arriesgase la vida. Terminó con estas palabras:
—Alguien opina que, a fin de no ser sospechado, conviene simular un amorío. Pensad, de todos modos, que lo haréis con un santo propósito.
Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de la iglesia. El canónigo volvió a decir:
—Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros do descansan aquellos varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por servir a Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde tiempos remotísimos, trabados como vértebras y traspasándose unos a otros ese tuétano de la honra que agora se alberga en vos mesmo.
Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual de aquel vocablo que acababa de pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad vaga, de confusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le hacía latir más ligero el corazón y le encendía puntilloso calor en el rostro. Su rosario, envuelto en la guarnición de la espada, golpeaba el metal con las cuentas.
—Esto que agora emprenderéis—agregó el lectoral—será en servicio de la santa Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy lejos, dejaos conducir por ella, sin examinar demasiado la postura o la senda que sus sabios designios os indiquen.
Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra.
En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la extraña crestería plateresca destacaba su cárdeno granito sobre el índigo ardiente del cielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardín y navegaban en la luz.
Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes, rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro. Ramiro y el canónigo se acercaron. No había inscripción alguna; sólo un tosco relieve que representaba a Nuestra Señora y al Niño, como si aquello bastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahondó la abertura, y una nubecilla cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de los obreros introdujo la mano y sacó un pequeño objeto de metal. Era una espuela, un acicate verdoso y roído. El canónigo tomolo respetuosamente en la mano, y levantándolo hasta el morado rayo de sol que entraba a través de la vidriera, comenzó a decir, como alguien que delira:
—¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el horizonte le habrá hecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro, el emblema de la caballería, el blasón de la bota y la sonaja del honor. Su solo ruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo.