—¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace más cosa en el día que perfumarse e cantar.

El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de mujer habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:

—Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a la zaga de mí, sin hablarme.

Ramiro la siguió desde lejos.

Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los pilares eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramaje junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las flores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera desarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, como en los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en las paredes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueños, hacían pensar en una casa cristiana.

Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave peligro que corría al entregarse de aquel modo a cualquier treta criminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidos entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más débil rayo de luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de tiempo, difícil de apreciar, se detuvo.

Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de la mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, a juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso del ambiente.

Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias de caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algún episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.

—Si mi constelación—decíase ahora a sí mismo—no anuncia que he de morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por el contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme?

Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose entonces un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebió el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriagó su sentido.