«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcle toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.»
«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar del amado, cuando llegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente de los hombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues él sabe el remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra de Neched, haz presente el recordamiento de mi pasión, pues no hay para mi otro quibla que el sepulcro del profeta.»
Al escuchar tales palabras, en un instante como aquél, el mancebo sintió que una horrible blasfemia había sido lanzada al rostro del Señor; y un acento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó en la conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de sus mayores.
Aixa continuó:
«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de Meca y de Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los camellos. El kebir los conduce cantando y con ésos va mi corazón para la tierra amorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a la caravana. Seguirá la polvareda de los camellos.»
El respondió:
«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión como el agua de Zemzem. ¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la gente que da vueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del templo de la Cava.»
Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivo impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.
El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre su pecho.
En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego la campana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas, respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes, y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto, tocaban las oraciones.