Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:

—¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! A las veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará contenellos agora que falta don Juan, el de Lepanto?

Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero y alzando la espada, repuso con asombrosa expresión:

—Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey me señala.

Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro, exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:

—¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la ayuda de Dios e la Virgen!

Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse y una hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro, penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojos fosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, y su voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura:

—Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destos alardes. ¿Por qué le habéis dado la espada?

El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder:

—Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.