XIX
Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su memoria y determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que había de decir, al siguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo en la estancia. Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas horas o caer en un largo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habrían tomado ya sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deber revelar lo que había presenciado. Sin embargo, su palabra estaba empeñada. El sabía lo que era para un honrado caballero semejante compromiso. Religioso y heroico sentimiento le asaltaba a la sola la idea del juramento. ¡Cuántos antepasados suyos habrían afrontado la muerte por un «aceto», por un «lo juro»! Y tanto más en Avila, donde se hallaba la Basílica de San Vicente, la más famosa iglesia juradera del reino. No importaba que el pacto fuese contraído con infieles. Recordaba haber leído en las crónicas que el Emperador Alfonso había estado a punto de hacer descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por haber violado su regia palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos.
El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le dejasen a solas con el mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz demasiado resonante para la hora y la ocasión, le preguntó:
—¿Qué ha sido esto?
Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió que no era tiempo de declararse en aquel particular, sino de encomendar su alma a Dios; y, así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos.
—No puede ser—replicó el lectoral; alegando que si le escuchaba como confesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante.
Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de qué modo había caído en plena conspiración y cómo le sorprendieron y acuchillaron.
El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquel aflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos, pensó que su discípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la muerte no volcaría su reloj muchas veces más junto a aquella cabecera. No había tiempo que perder.
—Valor, valor, hijo mío—exclamó.—Si habéis de morir o no de esta cuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos presenta sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos. ¡Ea, sus! valeroso cachorro.
Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores. Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las palabras, cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba. Llamábale al oído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra vez junto a él, le tocaba en el hombro.