Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomar arrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el rostro oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras incomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros:

—¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar?

Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante:

—Una gran desdicha—respondió,—la más grande, la más cruel que podía acaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!

—¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?

—Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios del mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hábito pareciome ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno. ¿Quién te pudo mudar de esta suerte? ¿Qué hechizo te han echado en el corazón?

Luego, con la frase entrecortada por el llanto:

—Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan radioso por el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció desde niño su vida al Señor, ¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi mancebillo santo!

Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sin levantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada por el dolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas, púsose en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era una transformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el brío de la estirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Con voz casi hombruna y justiciera, exclamó:

—Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis para Salamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entre la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad.