—Grande gloria para vuestra religión—dijo alguno.

—Un venturoso accidente en verdad—respondió el padre Rodríguez.

Entonces el dominicano fray Gonzalo Jiménez, Guardián del Convento de Santo Tomás y Calificador del Santo Oficio, díjole con aparente mansedumbre:

—Ya tenéis blasón para hacer labrar a la puerta de vuestras casas.

—¿Cuál sería, según vuesa Reverencia, señor Guardián?

Anseres Capitolini, los famosos gansos del Capitolio; y no se dirá que os falta añejo abolengo.

Todos sabían la enemistad que separaba a aquellas dos religiones; pero nadie esperaba una ofensa semejante; así que las palabras del padre Rodríguez: «Aún no sería bastante humilde para nosotros», se perdieron en un murmullo de estupor. Formáronse entonces pláticas diversas. Una predominó y todos acabaron por escuchar. El capellán de la Iglesia-Hospital de la Anunciación, Miguel González Vaquero, hablaba con el dominico Crisóstomo del Peso, de los milagros de doña María Vela, monja de Santa Ana. El capellán gozaba fama de santo. Su palidez cenicienta hacía pensar en terribles austeridades, y a la vez, sus grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura.

—Son tan grandes—decía—las mercedes que Dios la hace y tan apegadas sus razones al amor divino, que no cabe dudar.

—De su humildad y otras virtudes dígame cuanto quiera vuesa merced, señor capellán; pero de sus revelaciones muy poco, porque soy menos inclinado a creellas.

—Igual cosa oí decir a vuesa Paternidad, en cierta ocasión, de la madre Teresa de Jesús.