En ese instante, Beatriz, al levantar la frente, vio a su derecha, contra una columna del crucero, el fantasma... ¡la persona misma de Ramiro!
El órgano y los bronces seguían resonando. Un vendaval de religiosa alegría doblegaba las cabezas de la multitud arrodillada. Beatriz se sintió desfallecer, confundiendo en el mismo transporte la resurrección del Señor y la presencia del pálido mancebo, cuyo rostro figurósele, al pronto, la faz descarnada y admirable de la Pasión.
Con las últimas palabras del Evangelio, Ramiro comenzó a retirarse, lentamente.
Arrimose al sepulcro de Diego del Aguila, apoyando su sien contra el muro, como si esperara un consejo de aquel antiguo caballero de su linaje, dormido allí dentro, en la honra. La gente salía por todas las puertas de la iglesia. Ramiro vio que su rival se estacionaba junto a una pila, con los dedos puestos al borde, esperando seguramente a Beatriz.
—¡Es fuerza vencer aquí mesmo!—se dijo. Y, empujado por irresistible movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma columna. De esta suerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y Gonzalo se adelantó a ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro mojó a su vez, brevemente, los suyos, y los alargó también hacia ella, con gesto imperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble ademán, la doncella vaciló; pero, en seguida, bajando los ojos, tendió al pasar su temblorosa mano hacia la mano de Ramiro.
Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible. Gonzalo tomó una expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la cabeza y levantando por detrás su capa con el estoque, le observaba por arriba del hombro, con una sonrisa más insultante que toda palabra.
Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la soleada plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros, palacios y torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por Dios para los episodios de su historia; y que él era toda la vida, y toda la vida un engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los espacios sobre el hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el sol embriagador, sintió en su frente el beso o la mordedura de invisible quimera.
Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos perfumes primaverales desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las callejuelas. El se sentía también renacer con las flores y los follajes.
Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a pasearse después de cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de la noche. Recordó que la Iglesia festejaba anticipadamente la Resurrección y que el cuerpo de Jesús había permanecido en el sepulcro hasta la mañana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al cielo, parecíale aspirar los aromas del divino sudario y como una sagrada frescura que bajara de las estrellas.
Una vez en su estancia, y después de unos minutos de descanso, sintió en el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga estaba reabierta. Al otro día el cirujano le prescribió nueva reclusión.