Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba, tomole afable las manos y, después de un momento, preguntole en voz baja:
—¿Quiere vuesa merced pasar al estrado? Allí encontrará a mi hija Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido. Toda gente moza y danzante.
Ramiro se inclinó, y el caballero le condujo en persona a lo largo de las galerías; pero antes de entrar en el estrado le detuvo un momento para decirle:
—Quería comunicar a vuesa merced que el negocio del hábito habrá que olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad...
—Mejor así, señor—interrumpió Ramiro,—pues yo mesmo no sé agora si lo aceptara.
—¿Y qué diría vuesa merced—continuó don Alonso—si le nombraran regidor, como al hijo de San Vicente?
—¿Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que presumo, algo más alta sería mi ambición. ¡O César o nada!—agregó Ramiro sonriendo.
Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra tenebrosa, sin distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia, adivinando, por detrás de la barandilla, doncellas y galanes que acababan de enmudecer. Por fin una voz exclamó:
—Lléguese vuesa merced a la tarima.
Era Beatriz. Había que avanzar y avanzó; pero después de algunos pasos felices, llevose por delante una bandeja de metal donde vidrios y porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue como un céfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jícara que había rodado sobre el tapiz crujió bajo su pie como una nuez aplastada. Alguien hizo sonar por mofa la cuerda de un rabel. La risa aumentó.