«El deseo y la codicia pueden naturalmente seguir adelante, pero éstos evidencian su falta de finalidad en el descontento que sigue al logro de su ambición. En tanto que una exorbitante cantidad de riquezas se acumulan en una mano, otros carecen de lo necesario para su libertad. El principio del máximum de libertad exige que el máximum de la propiedad se coloque donde el hombre pueda poner a los objetos exteriores el sello de su voluntad.» Para mayor claridad, yo agregaría que el propietario hiciera sentir sobre los objetos de su propiedad la acción de su trabajo.
No se me ocultan dos cosas a este respecto: que esta fórmula, aun con la explicación adicional, es demasiado vaga; y que dilatar el concepto de libertad, hasta encerrar dentro de él el de propiedad, es lanzarse en divagaciones que se prestan a la confusión de ideas.
Mayor estiramiento, si se quiere, significa el otro pensamiento de Simmel, de que la libertad llega a coincidir con el ejercicio de soberanía sobre otros hombres.
En esta situación deben de haberse colocado el señor feudal al frente de sus siervos, y el patricio romano respecto de sus centenares de esclavos. Un caso concreto en que se ha llamado libertad al dominio sobre los demás, nos ofrece la historia de la llamada libertad de la iglesia.
Toda la historia de la Edad Media, desde Carlomagno hasta Gregorio VII, nos muestra el proceso de la creciente emancipación de la Iglesia respecto del Estado, y, al mismo tiempo, en proporción al aumento de la libertad e independencia de aquélla, va desarrollándose su poder sobre el Estado. La «Independencia del Mundo», que era la voz de orden de la Iglesia, y del sacerdocio, les sirvió a éstos para la «dominación del mundo».
Como en el caso anterior, relativo a la propiedad, hay en el recién apuntado, referente al dominio sobre los demás hombres, confusión entre los términos poder y libertad. Lo más que puede decirse, es que el poder aumenta la capacidad de obrar encaminada a ciertos fines. ¿Y no la coarta también por otros lados?
En relación inmediata con la libertad empírica se halla la que se define como el dominio sobre sí mismo. Proceder de acuerdo con las sugestiones de la propia personalidad, ilustrada por una conciencia reflexiva, es inherente a este aspecto del concepto de libertad. Es libre en este sentido, el espíritu que no se siente arrastrado ni por los vicios ni por las pasiones, y sabe sostener un criterio suyo ante las falaces preocupaciones y sugestiones sociales vulgares. Es libre, en una palabra, el que manifiesta individualidad y carácter, el que combate por su independencia, porque si no hay obstáculos que vencer, no hay libertad. Como dijo el poeta: «Sólo es digno de la libertad y de la vida, el que se las conquista día a día».
En las dos grandes maneras de entender la libertad que hemos examinado, no se presenta ninguna oposición entre el determinismo y la libertad, o, más bien, entre el determinismo y la posibilidad de ejecutar una acción u otra de varias que se ofrecen a la voluntad. Lo único que afirma el determinismo es que la preferencia que triunfa resulta de causas anteriores, o hereditarias, o sociales que arrastran al individuo. En ninguno de los ejemplos apuntados faltan las causas determinantes. La vida del profesional, del hombre soltero, de la sufragista, del individualista o del socialista, con toda la libertad de que alardean, están encaminadas por motivos poderosos que constituyen la explicación de su existencia. La historia de los pueblos civilizadores o amantes de su autonomía, la de los héroes e individualidades eminentes obedecen a causas anteriores que, por lo menos en sus líneas generales, arrojan luz también sobre el origen de sus hechos y creaciones.