—¡Calla; pues es verdad; bebe agua!

Y volviéndose indignado contra la muchedumbre, añadió:

—¡Pedazos de brutos, animales! ¿Por qué me habéis dicho que estaba rabioso?

Nadie contestó, y el cuadrillero, envainando su sable, volvió a decir:

—Señor don Salvador, le ruego a Vd. que nos perdone por el susto que le hemos dado, pero conste que la intención era buena.

—Ya lo sé, hombre, ya lo sé, y lo agradezco con toda el alma.

Todos fueron saliendo del pabellón respetuosamente, asombrados del valor de Juanito y de su abuelo y sobre todo de la suerte que había tenido el perro forastero, refugiándose en aquella casa.[8]

—Pobrecito, qué sed tenía, y puede que tenga también hambre;—dijo el niño.—Debe estar herido; tiene sangre en el lomo; es preciso curarle. ¿Y cómo se llamará, abuelito?[F]

—¿Quién?

—Este perro.