Pero la historia enseña que raras veces un soberano, un grupo de hombres, un partido político, robustamente establecido al cabo de grande esfuerzo y venciendo todos sus adversarios, se ha contentado con la posesión tranquila del terreno conquistado en los primeros períodos, en los días en que por la novedad misma de la situación el triunfo ha sido fácil y la fortuna largo tiempo risueña. La inquietud del porvenir, la soberbia del presente desencadenan la ambición, la transforman en demencia y la precipitan en la ruina, como precipitó á Alejandro Magno, á la oligarquía senatorial de Roma, al imperio efímero del primer Bonaparte. Asimismo corría de jornada en jornada victoriosa á la catástrofe inevitable el partido, que compacto y marcialmente organizado constituía en quince estados de la Unión una verdadera aristocracia, y oprimía en dura servidumbre á más de tres millones de negros, que valían para la influencia política de sus amos como si fuesen dos millones de ciudadanos libres.

No satisfecho ese partido con proclamar que la esclavitud era una institución local, doméstica en cada estado, y que carecía el poder federal de la facultad de coartarla y aun de vituperarla, lo cual en la práctica nadie se aventuraba á contrariar; no contento con explotar y abusar de todos los recursos nacionales en pro de la defensa y sostenimiento de esa institución local, aspiró también á extenderla por los territorios adquiridos después de la guerra con Méjico; pretensión tan impolítica como cruel, tan injusta como inmoral, pues las leyes mejicanas tenían allí previamente abolida la esclavitud. Esto provocó nueva y violenta crisis de la nunca aplacada agitación; gritos y amenazas de desbaratar la Unión resonaron con más furia que antes, y fué preciso que se adelantase al proscenio otra vez el pacificador perpetuo, Henry Clay, ya bien cargado de años y padecimientos, y coordinase y defendiese con su probada destreza un tercer Compromiso, que arrancado por la arrogancia del Sur á la pusilánime incertidumbre del Norte, aplazó diez años solamente lo que Clay y otros muchos con él creyeron para siempre conjurado.

Cuando llegaron á la votación definitiva los artículos del Compromiso, en forma de otras tantas leyes diferentes[3], ya Calhoun había dejado de existir. En Marzo de 1850 tenía el gran campeón del Sur sesenta y ocho años, y se hallaba terriblemente depauperado por la dolencia pulmonar que de mucho atrás lo consumía; pero ansioso de tomar parte en el debate, como si adivinara lo brevísimo del plazo, de sólo cuatro semanas, que le otorgaba la enfermedad, pues debía morir el 31 del mismo mes,—y no teniendo fuerzas para alzar la voz y mantenerse de pie,—confió al senador de Virginia, Mason, el encargo de leer al Senado el discurso que había cuidadosamente escrito. Inmóvil en su asiento mientras Mason leía, parecía agravar y atestar con su rostro demacrado de anacoreta y los ojos lustrosos de fiebre las fúnebres predicciones que lanzaba en su arenga sobre el derrumbamiento y fin de la Unión, cuando, destruido el equilibrio de las dos secciones, juzgase el Sur en peligro sus derechos. También asistió tres días después á la memorable sesión de 7 de Marzo en que pronunció Daniel Webster un gran discurso sobre el mismo asunto, y en la que ambos viejos atletas, poco antes adversarios irreconciliables, se dirigieron mutuas expresiones de simpatía.

Ese discurso de Webster, pronunciado el 7 de Marzo de 1850 y titulado por él al imprimirlo: "La Constitución y la Unión", es famosísimo, inferior entre los suyos sólo á la réplica contra Hayne, aunque la iguala en dos ó tres momentos. Su efecto fué decisivo en favor del plan propuesto por Clay; sin el prestigio del hombre y el vigor de su elocuencia no hubiera seguramente logrado tanta mayoría entre los representantes del Norte. Pero en ese esfuerzo aventuró y sacrificó el orador la mejor parte de su reputación, el glorioso esplendor de su pasado, cuanto hasta aquel día lo había hecho ilustre y adorado de sus conciudadanos. Son y serán siempre muchos los que piensen que, al renegar el gran tribuno de todo lo que hasta ese momento había simbolizado en la política de su patria, pagaba á precio excesivamente caro la defensa de un acuerdo, que en realidad á nadie satisfacía. Su reputación sufrió los más rudos ataques, muchos de sus antiguos admiradores le volvieron la espalda, y el astro fulgente quedó envuelto en sombras negras y densas, que no se disiparon más, que eclipsaron su gloria durante los dos años de vida que le quedaban, y eternamente cubrirán ese período final de su existencia.

Cinco años antes de su fallecimiento, en Mayo de 1852, hizo Webster á un amigo esta declaración:—"He consagrado mi vida al derecho y á la política; el derecho es incierto y la política totalmente vana",—amargas palabras, que recuerdan otras pronunciadas por Simón Bolívar, también ya cerca del fin de sus días:—"La América es el caos, el que la ha servido ha arado en el mar." Son formas conmovedoras de un mismo sentimiento, gritos de dolor al término de vastas esperanzas defraudadas, de excelsas ambiciones cruelmente desairadas por la realidad de las circunstancias. Las profirieron en ocasiones algo parecidas dos seres extraordinarios, almas de orden excepcional, en quienes el equilibrio de las grandes facultades morales é intelectuales nunca por desgracia llegó á ser estable ni perfecto.

La confesión de Webster, tan llena de desaliento, precedió al último y más punzante desengaño de su vida pública. Había constantemente acariciado la ilusión de llegar á la presidencia de la república, y de sobra justificaban sus méritos y servicios esa que, en hombre como él, de tan grandes dotes personales, era modesta pretensión. Nunca había logrado ni siquiera ser designado como candidato oficial de su partido; pero después del discurso del 7 de Marzo que, á su juicio y á juicio de muchos, desenlazaba una situación inextricable, era natural que obtuviese el anhelado premio. Ese anhelo había sido para los que osaban llamarlo apóstata la sola explicación de su conducta. Desde el primer minuto apareció en la Convención como el más débil de los candidatos y sus amigos en pequeñísima minoría. Singular ingratitud, que si no le abrevió la vida, deprimió su trabajado organismo y preparó el terreno para la enfermedad mortal.

Henry Clay murió en Junio de ese mismo año de 1852. Durante las últimas discusiones del Compromiso, raras veces, y á muy largos intervalos, le permitieron sus males concurrir á las sesiones del Senado: ya entonces tampoco Webster asistía, porque había aceptado el puesto principal en el gabinete del presidente Fillmore. De modo que los tres aguerridos veteranos, Calhoun, Webster y Clay, salieron de la escena parlamentaria á un tiempo mismo, por así decirlo, dejando el campo libre á otros más jóvenes, menos fatigados combatientes.

En esos debates sobre el Compromiso de 1850 nunca hubo dos votaciones enteramente iguales; tratábase en efecto de realizar la conciliación de opiniones discordantes y tendencias francamente contrarias: era imposible disciplinar y conducir siempre unida la abigarrada falange que el caso requería. La admisión de California era una concesión al Norte, la ley sobre la persecución de esclavos huídos una satisfacción al Sur, y el aplazamiento de la dificultad en los nuevos territorios mejicanos el modo de acallar las exigencias de ambas secciones sin favorecer á ninguna. La supresión del tráfico, es decir, compra y venta, de esclavos en la ciudad de Washington agradaba á los abolicionistas, y el cebo de diez millones de pesos regalados á Tejas, que de todo fué lo que primero se votó y aprobó, aseguraba la adhesión de los tenedores de títulos de la deuda de ese Estado, los que, según fama pública, eran numerosos entre los miembros del Congreso y altos empleados de la capital[4].

El punto esencial del acuerdo fué la entrada de California como estado de la Unión; con ella quedaba la república compuesta de diez y seis Estados libres y quince con esclavos, desapareciendo por tanto el equilibrio trabajosamente mantenido hasta esa fecha entre las dos secciones. Hubo en el Senado treinta y cuatro votos en favor y diez y ocho en contra; de esta minoría se desprendió un grupo de diez, más intransigentes que sus compañeros, pues no contentos con emitir el voto, presentaron una protesta, que el Senado rehusó incluir en el acta, afirmando solemnemente su resuelta oposición á una ley, «cuyas consecuencias podían ser perdurables y fatales para las generaciones presentes y futuras».

Resalta entre esos Senadores recalcitrantes el nombre de Jefferson Davis, antiguo oficial, que iba á ser el ministro de la guerra de Pierce durante toda su presidencia, y que acreciendo año tras año su prestigio é influencia como el más hábil y tenaz de los jefes esclavistas, llegaría en 1861 á ocupar y desempeñar con tan enérgico cuanto infortunado patriotismo la dirección de la Confederación rebelde, y sobreviviría largo tiempo, sin doblar la frente ni desarrugar el ceño, á la ruina completa de su causa. Junto con él firmaron la protesta Butler y Barnwell, senadores ambos por la Carolina del Sur, el estado indómito en que se cultivaban y conservaban como en ardiente invernáculo las doctrinas que florecerían y fructificarían entre los horrores de la guerra civil; firmaron también los dos miembros de Virginia, Hunter, que llevó la palabra como principal responsable del documento, y su colega Mason, confidente de Calhoun, que por breve espacio haría mucho ruido al comienzo de la rebelión, porque apresado en alta mar á bordo de un buque inglés por un imprudente oficial de marina, estuvo á punto de producir indirectamente lo único por ventura capaz de haber salvado la causa confederada, la guerra entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos. De los otros firmantes, senadores de Florida, Tennessee, Missouri, basta ahora mencionar á Soulé, de Luisiana, del que volveré á hablar, francés naturalizado, que brilló como orador aun enfrente de Webster y de Clay, á quienes sin miedo provocaba, fogoso diplomático, que hizo cuanto pudo por quitar á España la isla de Cuba, promoviendo hasta una guerra europea, si era necesario.