Catalina Lefèvre podía tener unos sesenta años, pero se conservaba aún derecha y fuerte como si tuviera treinta; sus ojos de color gris perla y su nariz aguileña le daban cierto parecido con un ave de rapiña; sus enjutas mejillas y la comisura de sus labios, hundidos por la reflexión, tenían algo de lúgubre y doloroso. Dos o tres grandes mechones de pelos de color gris verdoso caían a lo largo de sus sienes; un obscuro capuchón listado bajaba desde su cabeza a los hombros y le llegaba cerca de los codos. En una palabra, su fisonomía revelaba un carácter firme, tenaz, y poseía cierto aire indefinible, entre magnífico y triste, que inspiraba respeto y temor.

—¿Es usted, Catalina?—dijo Hullin muy sorprendido.

—Sí, yo soy—respondió la anciana labradora, con voz reposada—. Vengo a hablar con usted, Juan Claudio... ¿Ha salido Luisa?

—Está en casa de Magdalena Rochart pasando la velada.

—Muy bien.

Catalina dejó caer el capuchón sobre el cuello y fue a sentarse al lado del banco. Hullin la miraba fijamente y le encontraba algo extraordinario y misterioso que le extrañaba.

—¿Qué sucede?—dijo Juan Claudio dejando el martillo.

En vez de contestar a esta pregunta, la anciana, mirando hacia la puerta, parecía escuchar algo; luego, al no oír nada, volvió a adquirir su expresión meditativa.

—El loco Yégof ha pasado la noche última en la finca—dijo Catalina.

—También ha venido a verme esta tarde—dijo Hullin, sin conceder gran importancia al hecho, que le parecía indiferente.