El cazador bajó la cabeza.
Mientras tanto, Marcos Divès había recobrado su aplomo.
—En vez de gritar como una mujer—dijo a Hullin—, mejor sería que me mandaras atacar allá abajo, rodeando el barranco por los pinares.
—¡No queda otro recurso, con mil demonios!—replicó Juan Claudio.
Y algo más tranquilo añadió:
—Oye, Marcos, te aborrezco hasta la muerte. Habíamos vencido, y por tu culpa todo está como antes. ¡Si se frustra tu ataque, los dos nos cortaremos la cabeza!
—Bueno, bueno; la pelota está en el tejado; ¡yo te respondo de lo que ocurra!
El contrabandista montó, de un salto, a caballo, terciose sobre el hombro uno de los picos de la capa y desenvainó su gran espada con un continente magnífico. Todos los hombres que le seguían hicieron lo mismo.
Luego, Divès, volviéndose hacia la tropa de reserva, compuesta de cincuenta rudos montañeses, y señalando la meseta con el sable, les dijo:
—¿Veis aquello, muchachos? Nuestro tiene que ser. Los de Dagsburgo no podrán decir que tienen más valor que los del Sarre. ¡Adelante!