A las nueve, Marcos Divès se hallaba de camino hacia el Falkenstein con los prisioneros. A las diez, todos dormían en la alquería y en la meseta de la montaña, alrededor de las hogueras del vivaque.
Sólo se interrumpía el silencio de tarde en tarde, por el ruido de los pasos de las rondas y por el «¿quién vive?» de los centinelas.
Así terminó aquella jornada, en la que los montañeses mostraron que no había degenerado la vieja raza.
Otros acontecimientos, no menos graves, iban en breve a suceder a los que acababan de tener lugar; porque en este mundo, apenas vencido un obstáculo, se presentan otros nuevos. La vida humana se asemeja a un mar agitado: una ola sigue a otra, desde el antiguo al nuevo mundo, y nada puede detener este movimiento eterno.
XVIII
Durante la batalla, y hasta que cerró la noche, los habitantes de Grand-Fontaine habían visto al loco Yégof, de pie, en la cima del pequeño Donon, con su corona en la cabeza y el cetro en alto, transmitiendo órdenes, como un rey merovingio a sus imaginarios ejércitos. Lo que aconteció en el espíritu de aquel desdichado cuando vio a los alemanes en completa derrota nadie puede saberlo. Al sonar el último cañonazo, el loco desapareció. ¿Dónde se había refugiado? He aquí lo que cuentan a este propósito las gentes de Tiefenbach:
En aquel tiempo vivían en el Bocksberg dos seres singulares, dos hermanas: una llamada Catalina la Pequeña, y la otra Berbel la Grande. Estas dos andrajosas criaturas se habían establecido en la caverna de Luitprandt, así llamada, según las antiguas crónicas, porque el rey de los germanos, antes de descender a Alsacia, mandó enterrar bajo aquella bóveda inmensa, de asperón rojizo, a los jefes bárbaros que habían muerto en la batalla de Blutfeld. La fuente termal que constantemente brota en medio de la caverna defendía a las dos hermanas de los rigores del frío del invierno, y el leñador Daniel Horn, de Tiefenbach, había tenido la caridad de cerrar la entrada de la cueva con grandes montones de brezos y retamas. Al lado del caliente manantial se encuentra otro de agua fría como la nieve y límpida como el cristal. Catalina la Pequeña, que bebía de esta fuente, no tenía cuatro pies de altura; era pesada, gordinflona, y su rostro siempre lleno de asombro, sus redondos ojuelos y su enorme papera le daban el singular aspecto de una gran pava en meditación. Todos los domingos llevaba Catalina a la aldea de Tiefenbach una cesta, que llenaban aquellos buenos aldeanos de patatas cocidas, pedazos de pan y, algunas veces—los días de fiesta—, de tortas y otros restos de sus festines. Entonces la pobre mujer, casi sin aliento, volvía a la cueva cantando y riendo muy ufana y cogiendo de los cercados lo que a su alcance estaba. Berbel la Grande se guardaba mucho de beber de la fuente fría. Era aquella mujer enjuta, tuerta y escurrida como un murciélago; tenía la nariz roma, las orejas caídas y los ojos chispeantes. Vivía del botín que su hermana hacía, y nunca bajaba del Bocksberg; pero en el mes de julio, al llegar el tiempo de los grandes calores, sacudía, desde lo alto de su ladera, un cardo seco en dirección de las mieses de todos aquellos que no habían llenado regularmente el cesto de Catalina, lo cual atraía sobre las propiedades condenadas tormentas terribles, el granizo y grandes plagas de ratas y topos. Así es que se temían las salidas de Berbel tanto como la peste, y por todas partes se le llamaba Wetterhexe[7], mientras que la pequeña Catalina pasaba por ser el genio benéfico de Tiefenbach y de las cercanías. De esta manera, Berbel vivía tranquilamente cruzada de brazos y su hermana era la que tenía que ir de la Ceca a la Meca.
Desgraciadamente para las dos hermanas, Yégof había establecido hacía muchos años su residencia de invierno en la caverna de Luitprandt. De allí partía en la primavera para visitar sus innumerables castillos y pasar revista a sus leales hasta Geiersteid, en el Hundsrück. Todos los años, pues, a fines de noviembre, después de las primeras nieves, volvía el loco con su cuervo, lo que arrancaba siempre gritos de desesperación a Wetterhexe.
—¿De qué te quejas?—decía Yégof instalándose tranquilamente en el mejor sitio—. ¿No vivís vosotras en mis dominios? Demasiado bueno soy, pues soporto a dos valkyrias inútiles en el Valhalla de mis antepasados.
Entonces Berbel, furiosa, le llenaba de injurias, y Catalina cloqueaba con visible mal humor; pero el loco, sin hacerles caso, encendía su vieja pipa de boj y comenzaba a contar sus lejanas peregrinaciones a los espíritus de los guerreros germanos enterrados en la caverna hacía diez y seis siglos, llamándoles por sus nombres y hablándoles como si estuviesen vivos. Ya puede comprenderse con cuánta alegría veían ambas mujeres la llegada del loco; era para ellas una verdadera calamidad. Ahora bien: aquel año, no habiendo vuelto Yégof, las dos hermanas le creyeron muerto, y se regocijaron con la idea de no verle más. Por entonces, Wetterhexe había observado desde hacía varios días mucha agitación en los desfiladeros cercanos, de gentes que marchaban en masa, con el fusil al hombro, en dirección del Falkenstein y del Donon. Indudablemente algo extraordinario pasaba. La bruja, que recordaba que el año anterior Yégof había referido a las almas de los guerreros que sus innumerables ejércitos no tardarían en invadir el país, experimentaba una vaga inquietud. Berbel hubiera querido saber cuál era la causa de aquella agitación, pero nadie subía a la peña, y Catalina, después de su excursión del domingo precedente, no se prestaba a moverse por todo el oro del mundo.