Y deteniéndose, añadió en voz baja:

—¡Escucha, escucha, valkyria!

El viejo levantó la mano con aire solemne.

Wetterhexe escuchó; una ráfaga de viento acababa de oírse en el silencio de la noche, agitando los bosques seculares cubiertos de escarcha. ¡Cuántas veces la bruja había oído gemir el cierzo en las noches de invierno y ni prestó siquiera atención! ¡Pero ahora sentía miedo!

Mientras la bruja, toda temblorosa, atendía, oyose fuera un grito ronco, y casi inmediatamente el cuervo Hans, penetrando en la cueva, comenzó a describir grandes círculos bajo la bóveda, agitando las alas como si estuviese azorado y lanzando lúgubres graznidos.

Yégof se quedó pálido como un muerto.

—¡Vod, Vod!—exclamó el viejo con voz desgarradora—, ¿qué te ha hecho tu hijo Luitprand? ¿Por qué le prefieres a otro cualquiera?

Y durante algunos segundos permaneció como anonadado; pero de repente, poseído de un feroz entusiasmo, y blandiendo su cetro, se lanzó fuera de la caverna.

Dos minutos después, Wetterhexe, de pie a la entrada de la cueva, le seguía con mirada llena de ansiedad.

El loco marchaba en línea recta, con la cabeza erguida y a grandes pasos; hubiérase dicho que era una fiera que iba a caza de alimento. Hans le precedía, revoloteando de un sitio a otro.