Un nuevo espectáculo se presentó a sus ojos; en la ciudad reinaba el ardor de la defensa; las puertas se encontraban abiertas, y hombres, mujeres y niños iban y venían, corrían de un lado a otro, ayudando a transportar la pólvora y los proyectiles. De vez en cuando se formaban grupos de tres, cuatro o seis personas para comunicarse noticias.
—¡Eh, vecino!
—¿Qué pasa?
—Un correo acaba de llegar a todo galope... Por la Puerta de Francia ha entrado...
—Vendrá a anunciar la llegada de la guardia nacional de Nancy.
—O quizás un convoy de Metz.
—Tiene usted razón... Faltan balas de diez y seis... También necesitamos metralla, y, para poder hacerla, vamos a destruir los hornillos.
Algunos pacíficos ciudadanos, en mangas de camisa, subidos en mesas colocadas a lo largo de las aceras, se dedicaban a tapiar las ventanas de sus casas con grandes trozos de madera y con jergones; otros hacían rodar delante de las puertas cubas de agua. Aquel entusiasmo reanimó a Hullin.
—¡Esto está bien!—exclamó Juan Claudio—; todo el mundo está de fiesta aquí... Los aliados van a ser bien recibidos.
Frente al colegio, la voz chillona del guardia municipal Harmentier gritaba: «Ordeno y mando: que las casamatas se abran para que todos puedan llevar a ellas un colchón y dos mantas por persona. Además, los comisarios de la plaza comenzarán la visita de inspección, para averiguar si los habitantes tienen víveres para tres meses, lo cual deberá justificarse por éstos.—Hoy, 20 de diciembre de 1813.—Juan Pedro Meunier, gobernador.»