—Tendréis robustos hijos; yo haré que salten en mis rodillas, les enseñaré mis antiguas canciones y después iré a reunirme con los que fueron.

Dicho esto, besó a Luisa, y cogiendo de un brazo a Marcos Divès y del otro a Jerónimo, se dirigió a su casucha, seguido del resto de la comitiva, que repetía a coro los sublimes cantos del anciano. Nunca se vio una noche más hermosa; innumerables estrellas brillaban en el cielo azul obscuro; en la parte baja de la ladera, donde se había enterrado a tantos héroes, los brezos se estremecían movidos por el viento. Todos se sentían felices y enternecidos. En el umbral de la barraca se estrecharon las manos unos a otros y se dieron las buenas noches; y unos a la derecha y otros a la izquierda, formando pequeños grupos, regresaron a sus aldeas.

—¡Buenas noches, Materne, Jerónimo, Divès, Piorette; buenas noches!—gritaba Juan Claudio.

Los antiguos amigos se volvían, agitando los sombreros y exclamaban para sus adentros:

«Hay días en que se siente uno dichoso de vivir en este mundo. ¡Ah! ¡Si no hubiera nunca pestes, guerras ni hambres; si los hombres pudieran entenderse, amarse y socorrerse mutuamente; si no se suscitaran injustas desconfianzas entre ellos!... La Tierra sería un verdadero paraíso.»

FIN


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