—¡Qué! ¿Es usted, maestro Juan Claudio?—exclamó el posadero viéndolo entrar—. Viene usted más pronto que acostumbra; no le esperaba hasta la semana próxima.
Mas al ver que se tambaleaba, le preguntó:
—Pero, diga usted, ¿le pasa algo?
—Vengo de ver a los heridos.
—¡Ah! ¡Sí! Las primeras veces le flaquean a uno las piernas; pero si usted hubiera visto pasar quince mil, como nosotros, ya no se preocuparía.
—¡Un cuartillo de vino! ¡Pronto!—dijo Hullin, que se sentía mal—. ¡Oh! ¡Los hombres! ¡Los hombres!... ¡Y dicen que somos hermanos!...
—Sí, hermanos hasta tocar el bolsillo—respondió Wittmann—. Vamos, eche usted un trago, y eso le tranquilizará.
—Entonces, ¿usted ha visto pasar quince mil?—añadió el almadreñero.
—Lo menos... desde hace dos meses..., sin hablar de los que se han quedado en Alsacia y del otro lado del Rin; porque, como usted comprenderá, no hay carros para todos, y, además, muchos no valen la pena de que se les traslade.
—Sí, lo comprendo; pero ¿por qué están aquí esos desgraciados? ¿Por qué no los llevan al hospital?