—Del mismo, ciudadano—replicó el otro volviéndose en medio de la sala.
—¿No conoce usted a uno que se llama Gaspar Lefèvre?
—¡Gaspar Lefèvre!, de la segunda del primero; ¡demonio, vaya si le conozco! Yo he sido quien le ha enseñado a llevar las armas; ¡un magnífico soldado, pardiez! ¡Duro para la fatiga!... ¡Si tuviéramos cien mil de esa clase!...
—Entonces, ¿vive?, ¿está bien?
—Sí, ciudadano; pero hace ocho días que yo dejé el regimiento en Fredericsthal para escoltar este convoy de heridos...; usted comprende, la cosa está que arde..., y no puedo responder de nada; cuando menos se piense, cualquiera de nosotros puede recibir el pasaporte. Ahora hace ocho días, en Fredericsthal, el 15 de diciembre, Gaspar Lefèvre respondía a la llamada.
Juan Claudio respiró.
—Pero, entonces, mi sargento, hágame usted el favor de decirme por qué Gaspar no ha escrito hace dos meses.
El veterano sonrió y sus ojillos pestañearon.
—¡Ah!; vaya, ciudadano, ¿por ventura cree usted que no hay otra cosa que hacer sino escribir cuando se va de camino?
—No; yo he servido también; he hecho las campañas de Sambre y Mosa, de Egipto y de Italia; pero eso no me impedía mandar noticias.