—¡Bah! Nunca se le ocurrirá a un carabinero pasar por la brecha.
—¡Desde luego!—pensó Hullin, al recordar que tendría necesidad de salvar nuevamente el precipicio.
—Es igual—prosiguió Marcos—; no te falta del todo razón, Juan Claudio. Al principio, cuando yo tenía que entrar aquí con esos barrilillos a la espalda, sudaba la gota gorda; pero ahora ya me he acostumbrado.
—¿Y si se te escurriera un pie?
—Pues nada; se acabaría todo. Lo mismo da morir ensartado en un abeto que toser durante semanas y meses tendido en un jergón.
En tal momento, Divès iluminaba con la linterna las pilas de barriles, que llegaban hasta la bóveda.
—Es pólvora fina inglesa—dijo Marcos—que se va de las manos como las pepitas de plata y que caza a las mil maravillas. No se necesita mucha; con un dedal basta. Y aquí tienes el plomo puro, sin mezcla de estaño. Esta noche comenzará Hexe-Baizel a fundir las balas; ella entiende de eso; tú verás.
Y ya se disponían a volver en dirección a la cortadura, cuando, de repente, un confuso ruido de palabras se oyó zumbar en el aire. Marcos apagó la linterna, y ambos quedaron sumidos en la obscuridad.
—Alguien va por ahí arriba—dijo el contrabandista en voz muy baja—. ¿Quién será el que se ha aventurado a trepar al Falkenstein con este tiempo de nieves?