Luego, al ver a Juan Claudio, desarrugósele el entrecejo y le dijo:

—¿Tú por aquí, Hullin? ¿Serás, por fin, bastante perspicaz para aceptar las proposiciones que me he dignado hacerte? ¿Comprenderás que una unión como la que te propongo es el solo medio de libraros de la completa destrucción de vuestra raza? Si así es, te felicito, pues das prueba de más discreción de la que te creía capaz.

Hullin no pudo contener la risa y le respondió:

—No, Yégof, no; el Cielo no me ha iluminado aún lo suficiente para aceptar el honor que me quieres hacer. Además, Luisa no está en edad de contraer matrimonio.

El loco volvió a tomar un aspecto grave y sombrío. De pie, al borde del terraplén, de espaldas al abismo, parecía ser aquel su lugar natural, y el cuervo, dando vueltas a uno y otro lado, no conseguía alterarle.

Yégof levantó el cetro, frunció las cejas y exclamó:

—¡Hullin! Por segunda vez te reitero mi petición y tú por segunda vez la rechazas. Volveré a hacértela por última vez, ¿lo oyes?, por última vez. Después... ¡que se cumpla el destino!

Y girando pausadamente los talones, con paso firme, alta y derecha la cabeza, a pesar de la extraordinaria inclinación de la pendiente, el Rey de Bastos descendió el sendero de la roca.

Hullin, Marcos Divès y también Hexe-Baizel prorrumpieron en una sonora carcajada.

—Está completamente loco—dijo Hexe-Baizel.