Aquello era extraordinario.
Robin pensó:
—El loco no ve nada ni oye nada; y van a devorarle. Si tropieza, si cae, han acabado sus días.
Pero, en medio del desfiladero, Yégof se volvió, sentose en una piedra, y los cinco lobos, alrededor de él, con el hocico levantado, se sentaron también en la nieve.
Entonces sucedió algo verdaderamente estupendo: el loco, alzando el cetro, comenzó a hablarles, llamándolos por su nombres.
Los lobos respondían con lúgubres lamentos.
He aquí lo que les decía:
—¡Eh! ¡Child, Bléed, Merweg, y tú, Sarimar, amigos míos, ya estamos otra vez reunidos! Volvéis gordos... ¡Se conoce que os han tratado bien en Alemania! ¿No?
Luego, señalando hacia el desfiladero cubierto de nieve, añadió:
—¿Os acordáis de la gran batalla?