Las sociedades, que estaban ya provistas de una autorizacion especial, gozaban en Roma de todos los derechos de personas civiles[1060]; pero no se concedia esa autorizacion sino con infinitas condiciones, desde el momento en que las sociedades tenian una caja ó fondo de comunidad, ó se trataba de otra cosa que de hacerse enterrar[1061]. El pretexto de la religion ó de cumplir votos en comunidad, estaba previsto y formalmente señalado entre las circunstancias que daban á una reunion el carácter de delito[1062]; y este no era otro que el de lesa majestad, al menos para el individuo que habia provocado la reunion[1063]. Claudio llegó hasta mandar cerrar las tabernas en que se reunian los cofrades, así como tambien las hosterías donde la gente pobre encontraba por poco precio agua caliente y carne del puchero[1064]. Trajano y los mejores emperadores romanos vieron con desconfianza todas las asociaciones[1065]. La extrema humildad de las personas era una cualidad esencial para que se les concediera el derecho de reunion; y aun así no se les otorgaba sino con muchas condiciones[1066]. Los legistas que constituyeron el derecho romano, tan eminentes como jurisconsultos, mostraron hasta dónde llegaba su ignorancia de la naturaleza humana persiguiendo de todos modos, hasta con la amenaza de muerte, y restringiendo con toda clase de precauciones odiosas ó pueriles, una eterna necesidad del alma[1067]. Á semejanza de los autores de nuestro «Código civil,» miraban la vida con mortal frialdad, como si esta consistiese solo en divertirse por órden superior, en comer su pedazo de pan y en disfrutar del placer segun la clase y rango. El castigo de las sociedades que se abandonan á este sistema falso y limitado, es primeramente el fastidio, y despues el triunfo violento de los partidos religiosos. El hombre no consentirá jamás en respirar ese aire glacial; necesita el hogar tranquilo, la cofradía donde los buenos mueren y viven juntos; nuestras grandes sociedades abstractas no son bastantes para satisfacer todos los instintos de sociabilidad que hay en el hombre; dejadle que ocupe su corazon con alguna cosa, que busque su consuelo donde pueda encontrarle, que busque los hermanos que necesite, que dé cabida en su alma á los más tiernos vínculos. La fria mano del Estado no debe intervenir en ese reino del alma que es el reino de la libertad; la vida y la alegría no renacerán en el mundo hasta que haya desaparecido nuestra desconfianza hácia los collegia, esa triste herencia del derecho romano. Formar una asociacion fuera del Estado, sin destruir á éste, es la cuestion capital del porvenir; la ley futura sobre las asociaciones decidirá si la sociedad moderna ha de sufrir ó no la suerte de la antigua. Un ejemplo debe bastar: el Imperio romano habia enlazado su destino con la ley sobre los cœtus illiciti y los illicita collegia; los cristianos y los bárbaros, terminando con esto la obra de la conciencia humana, destruyeron la ley, y el Imperio se hundió con ella.
El mundo griego y romano, mundo laico, mundo profano, que no sabia lo que es un sacerdote, que no tenia ni ley divina, ni libro revelado, tocaba aquí con problemas que no le era posible resolver. Añadamos á esto que si hubiese tenido sacerdotes, una teología severa, una religion vigorosamente organizada, no habria creado el Estado laico, ni inaugurado tampoco la idea de una sociedad racional, de una sociedad fundada sobre las simples necesidades de la humanidad y sobre las relaciones naturales de los individuos. La inferioridad religiosa de los griegos y de los romanos era la consecuencia de su superioridad política é intelectual; la superioridad religiosa del pueblo judío, por el contrario, ha sido la causa de su inferioridad política y filosófica; el judaismo y el cristianismo primitivo contenian la negacion ó más bien la tutela del Estado civil, y así como el islamismo, establecieron la sociedad sobre la religion. Cuando se toman las cosas humanas por este lado, se fundan grandes proselitismos universales, se tienen Apóstoles que corren de un extremo á otro del mundo para convertirlo; pero no se fundan instituciones políticas, una independencia nacional, una dinastía, un código, un pueblo.
CAPÍTULO XIX.
Porvenir de las misiones.
Año 45
Tal era el mundo que los misioneros cristianos se encargaron de convertir; y bien podemos ver que semejante empresa no fué una locura, ni tampoco el llevarla á cabo un milagro. El mundo carecia moralmente de muchos cosas que la nueva religion le podia facilitar de una manera admirable; las costumbres se dulcificaban; queríase un culto más puro; y las nociones sobre los derechos del hombre y las ideas acerca de los amejoramientos sociales iban ganando terreno por todas partes. La credulidad, por otro lado, era extremada, el número de personas instruidas muy escaso, y si ante semejante sociedad se hubiesen presentado ardientes apóstoles, judíos, es decir, monoteistas, discípulos de Jesús, penetrados de la más dulce predicacion moral que jamás pudiera oirse, no hay para que dudar que se les hubiera escuchado. Los sueños é ilusiones que contiene su enseñanza, no serán un obstáculo para que obtengan buen éxito; el número de los que no creen en lo sobrenatural y en el milagro es muy corto; si son humildes y pobres tanto mejor, porque la humanidad en el punto que se halla, no puede salvarse sino por un esfuerzo del pueblo. Las antiguas religiones paganas no son reformables; el Estado romano es lo que será siempre el Estado; es decir, una cosa rígida, seca, y dura; en ese mundo que parece por falta de amor, el porvenir es de aquel que toque la fibra sensible de la piedad popular. El liberalismo griego y la antigua gravedad romana son impotentes para conseguirlo.
La fundacion del cristianismo es bajo este punto de vista la obra más grande que han hecho jamás los hombres del pueblo, y muy pronto quizás, los hombres y mujeres de la alta nobleza romana, se afiliarán á la Iglesia. Desde fines del primer siglo, Flavio Clemente y Flavia Domitila nos muestran casi al cristianismo penetrando en el palacio de los Césares[1068]. Á partir de los primeros Antoninos, cuéntanse personas ricas en la comunidad, y á fines del segundo siglo algunos de los personajes más considerables del Imperio[1069], si bien en general todos ó casi todos eran humildes[1070]. En las iglesias más antiguas, así como en Galilea al rededor de Jesús no habia nobles ni poderosos: ahora bien en esas grandes creaciones, la primera hora es la decisiva; la gloria de las religiones pertenece por completo á sus fundadores, pues aquellas, en efecto, se reducen á una cuestion de fé; creer es una cosa vulgar; la obra maestra es saber inspirar la fé.
Cuando uno trata de figurarse aquellos maravillosos orígenes, se le representan por lo regular las cosas segun el modelo de nuestra época, lo cual induce á graves errores. El hombre del pueblo, en el primer siglo de nuestra era, sobre todo en los países griegos y orientales, no se asemejaba en nada de lo que es hoy; la educacion no levantaba entonces en las clases una barrera tan inespugnable como ahora, y aquellas razas del Mediterráneo, si se exceptúan las poblaciones de Lacio, las cuales habian desaparecido ó perdido toda su importancia desde que el imperio romano habia llegado á ser la cosa de los pueblos vencidos al conquistar el mundo, aquellas razas, digo, eran menos sólidas que las nuestras, pero más vivas, más espirituales, más idealistas. El pesado materialismo, esa cosa triste y apagada, efecto de nuestros climas y legado fatal de la edad media, que da á nuestros pobres un aspecto tan desconsolador, no era el defecto de los de aquella época. Sin embargo, aun cuando fuesen muy ignorantes y crédulos, no lo eran más que los ricos poderosos, y no hay que representarse el establecimiento del cristianismo como análogo á lo que seria entre nosotros un movimiento que, partiendo de las clases populares, acabara (cosa imposible á nuestros ojos,) por obtener el asentimiento de los hombres instruidos. Los fundadores del cristianismo pertenecian al pueblo en el sentido de que iban mal vestidos, vivian sencillamente y hablaban mal, ó más bien solo se proponian expresar sus ideas con vivacidad; mas en punto á inteligencia no eran inferiores sino á un corto número de hombres que aún quedaban de la gran sociedad de César y de Augusto. Comparados con los principales filósofos que enlazaban el siglo de Augusto con el de los Antoninos, los primeros cristianos podian considerarse como espíritus pobres, mas comparados con la masa de los súbditos del Imperio eran ilustrados. Tratábaseles á veces de pensadores libres; el grito del populacho contra ellos era «¡Muerte á los Ateos!»[1071] y esto no es de extrañar si se atiende á que el mundo hacia espantosos progresos en punto á supersticion. Las dos primeras capitales del cristianismo de los gentiles, Antioquía y Éfeso, eran las dos ciudades del Imperio más dadas á las creencias sobrenaturales, los siglos segundo y tercero llevaron hasta la demencia el espíritu de lo maravilloso y de la credulidad.
El cristianismo nació fuera del mundo oficial, mas no era precisamente inferior á él: solo en apariencia y segun las preocupaciones mundanas, eran los discípulos de Jesús unas pobres gentes. El hombre mundano ama lo que es orgulloso y fuerte; habla con dureza al humilde; entiende que el honor consiste en no dejarse insultar, y desprecia en fin al que se reconoce débil, que lo sufre todo, que cede su túnica y presenta el rostro para recibir un bofeton. Aquí está el error, pues el débil á quien desprecia es superior por lo general; la virtud reside en los que obedecen (sirvientes, obreros, soldados, etc.,) más bien que en los que mandan y gozan; y esto está casi en el órden, puesto que mandar y disfrutar, lejos de contribuir á la virtud, ofrece una dificultad para ser virtuoso.
Jesús comprendió maravillosamente que en el seno del pueblo se halla la resignacion y abnegacion que salva al mundo. Hé ahí porque proclamó felices á los pobres, juzgando que á ellos les era más fácil que á los otros ser buenos; los cristianos primitivos fueron por esencia pobres; «pobres» se les llamó[1072] y aun cuando el cristiano fuese rico en los siglos segundo y tercero, en punto á espíritu se le podia considerar como un tenuior[1073] y se salvó gracias á la ley sobre los collegia tenuiorum. No eran ciertamente todos los cristianos esclavos y gentes de baja condicion, mas el equivalente social de un cristiano era un esclavo, y lo mismo se decia de aquel que de este, reconociéndose en ambos las mismas virtudes de bondad, humildad, resignacion y dulzura. Todos los autores paganos opinan unánimemente de este modo; todos sin excepcion reconocen en el cristiano los rasgos del carácter servil, la indiferencia hácia las grandes cuestiones y ese aire triste y contrito, esa aversion hácia los juegos, los teatros, los gimnasios y los baños[1074], característica en ellos.