Si Israel hubiese poseido la doctrina llamada espiritualista, esa doctrina que divide al hombre en dos partes, cuerpo y alma, y que encuentra la cosa más natural que el alma sobreviva miéntras el cuerpo se corrompe, aquel acceso de rabia y de enérgica protesta no habria tenido su razon de ser. Pero semejante doctrina, producto de la filosofía griega, no se hallaba en las tradiciones del espíritu judáico. Ninguna huella de remuneraciones ó de penas futuras contienen los antiguos escritos hebreos. Miéntras existió la idea de la solidaridad de la tribu, natural era que no se pensase en una estricta retribucion segun los méritos de cada uno. Si un hombre piadoso tenía la desgracia de venir al mundo en una época de impiedad y participaba de las calamidades públicas originadas por la iniquidad comun, tanto peor para él. Esta doctrina, trasmitida por los sabios de la época patriarcal, conducia paso á paso á insostenibles contradicciones. Ya en tiempo de Job habia recibido fuertes ataques; los ancianos de Theman que la profesaban eran hombres atrasados, y el jóven Elihu, que fué á disputar con ellos, se atrevió á emitir desde sus primeras palabras este axioma revolucionario: ¡que la sabiduría no era ya patrimonio de los ancianos![135]. Con las complicaciones ocurridas en el mundo despues de Alejandro, el antiguo principio themanita y mosaista se hizo todavía más intolerable[136]. Nunca Israel habia sido más fiel observador de la Ley, y sin embargo sufrió la atroz persecucion de Antíoco. Sólo un retórico pedante y acostumbrado á repetir vetustas frases vacías de sentido podia atreverse á sostener que aquellas desgracias eran hijas de las infidelidades del pueblo[137]. ¡Cómo! ¿esas víctimas que mueren por la fe, esa madre con sus siete hijos, esos heróicos Macabeos serán olvidados eternamente por Jehová y abandonados á la podredumbre de la fosa?[138]. Un saduceo incrédulo y mundano podia muy bien admitir semejante consecuencia; un sabio consumado, como Antígono de Soco[139], podia sostener que no debe practicarse la virtud como el esclavo que aspira á una recompensa, sino desinteresadamente y sin esperanza de premio. Pero la gran masa de la nacion no se contentaba con eso. Unos se adherian al principio de la inmortalidad filosófica y se figuraban á los justos viviendo en la memoria de Dios, glorificados en el recuerdo de los hombres, juzgando al impío que los persiguiera[140]. «Viven á los ojos de Dios;... Dios los reconoce»[141], hé ahí su recompensa. Otros, y en particular los fariseos, recurrian al dogma de la resurreccion[142]. Los justos resucitarán para ser partícipes del reinado mesiánico. Resucitarán con los mismos cuerpos que tuvieron para vivir en el mundo del cual serán reyes y jueces, y asistirán al triunfo de sus ideas y á la humillacion de sus enemigos.
En el antiguo pueblo de Israel no se encuentran sino huellas muy indecisas de este dogma fundamental. En realidad, el incrédulo saduceo, al rechazarle, permanecia fiel á la antigua doctrina judáica, y el verdadero innovador era el fariseo partidario de la resurreccion. Pero en materia religiosa, el partido más exaltado es siempre el que innova, el que avanza, el que deduce las consecuencias. Por otra parte, la resurreccion, idea totalmente distinta de la inmortalidad del alma, se desprendia sin esfuerzo de las doctrinas anteriores y de la situacion del pueblo. Quizás la misma Persia proporcionó algunos principios elementales[143]. De todos modos, formó, á no dudarlo, combinándose con la creencia en el Mesías y con la doctrina de una próxima renovacion del mundo, esas teorías apocalípticas que, sin ser artículos de fe (el sanhedrin ortodoxo de Jerusalen no parece haberlas adoptado), llenaban todas las imaginaciones y producian de un extremo á otro del mundo judío extraordinaria fermentacion. La carencia total de rigor dogmático permitia que nociones del todo contradictorias pudiesen admitirse al mismo tiempo, áun tratándose de un punto tan capital. Unas veces el justo debia esperar la resurreccion[144]; otras, era recibido en el seno de Abraham desde el momento de su muerte[145]. Ya la resurreccion era general[146], ya estaba reservada únicamente para los fieles[147]. Aquí suponia un mundo renovado y una nueva Jerusalen; allá implicaba el aniquilamiento prévio del universo.
Desde que Jesús tuvo uso de razon, entró en la ardiente atmósfera que formaban en Palestina las ideas que acabamos de exponer. Aquellas ideas no se enseñaban en ninguna escuela; pero flotaban en el aire y penetraron en su alma desde muy temprano, en su alma tranquila, que no conoció nunca nuestra incertidumbre ni nuestras vacilaciones. En la cima de la montaña de Nazareth, en aquella cima donde ningun hombre moderno pone la planta sin experimentar cierta inquietud sobre su destino, Jesús se sentó veinte veces sin que su corazon fuese combatido por la sombra de una duda. Ajeno al egoismo, á ese manantial de nuestras tristezas, que rudamente nos obliga á buscar por móvil de la virtud un interes de ultratumba, no pensó sino en su obra, en su raza, en el bien de la humanidad. Aquellas montañas, aquel mar, aquellas elevadas llanuras que se extienden al horizonte, no fueron para él la vision melancólica de un alma que interroga la naturaleza sobre su destino; fueron el símbolo cierto, la sombra trasparente de un mundo invisible y de un nuevo cielo.
Jesús no dió nunca mucha importancia á los acontecimientos políticos de su tiempo, los cuales no conocia probablemente muy á fondo. La dinastía de los Heródes vivia en un mundo tan distinto del suyo, que sin duda no la conoció más que de nombre. El gran Heródes murió en la época misma en que él vino al mundo, dejando recuerdos imperecederos, monumentos que debian obligar áun á la posteridad más prevenida en contra suya á asociar su nombre al de Salomon; pero su obra quedó inacabada, imposible de continuar. Aquel Idumeo astuto, profano ambicioso extraviado en un dédalo de luchas religiosas, tuvo en su favor la ventaja que dan la sangre fria y la razon, exentas de moralidad, en medio de fanáticos apasionados. Pero aunque su idea de un reino profano de Israel no hubiese sido un anacronismo en el estado en que se hallaba el mundo cuando él la concibió, habria fracasado contra las dificultades nacidas del carácter mismo del pueblo, como fracasó el proyecto, muy parecido al suyo, concebido por Salomon. Los tres hijos de Heródes no fueron sino lugartenientes de los romanos, semejantes á los radjas de la India bajo la dominacion inglesa. Antíper ó Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, del cual fué súbdito Jesús durante toda su vida, era un príncipe nulo y perezoso[148], favorito y adulador de Tiberio[149], sometido casi siempre á la fatal influencia de su segunda mujer Herodías[150]. Felipe, tetrarca de Gaulonítida y de Batanea, á cuyos territorios hizo Jesús frecuentes viajes, era mucho mejor soberano[151]. En cuanto á Arquelao, etnarca de Jerusalen, Jesús no pudo conocerle, porque hacia cerca de diez años que aquel hombre débil, sin carácter y violento en ocasiones, habia sido depuesto por Augusto[152]. Así perdió Jerusalen hasta el último resto de autonomía. Reunido desde entónces el territorio judáico al de Samaria y al de Idumea, formó una especie de anexo de la provincia de Siria, de donde era legado imperial el senador Publio Sulpicio Quirino, personaje consular de gran nombradía[153]. Una serie de procuradores romanos, sometidos en las grandes cuestiones al legado imperial de Siria, tales como Coponius, Marcus Ambivius, Annius Rufus, Valerius Gratus y Pontius Pilatus (año 26 de nuestra era) se suceden allí[154], ocupándose incesantemente en apagar el volcan de la insurreccion que ardia bajo sus piés.
En efecto, durante toda aquella época, agitan á Jerusalen contínuas sediciones provocadas por los celosos partidarios del mosaismo[155]. Los sediciosos hallaban una muerte segura; pero cuando se trataba de la integridad de la Ley, la muerte se buscaba con avidez. Derrocar las águilas, destruir las obras de arte levantadas por los Heródes, en las cuales no siempre se habian respetado los reglamentos mosaistas[156], rebelarse contra los escudos votivos que elevaban los procuradores, y cuyas inscripciones parecian contaminadas de idolatría[157], eran tentaciones permanentes para hombres fanáticos que habian llegado á ese grado de exaltacion en que se desprecia la vida. Júdas, hijo de Sarifeo, y Matías, hijo de Margaloth, célebres doctores de la Ley ambos á dos, formaron un partido de audaz agresion contra el órden existente, partido que se continuó despues de su suplicio[158]. Un movimiento análogo agitaba á los samaritanos[159]. Diríase que la Ley no tuvo jamás sectarios tan apasionados como en el momento en que vivia ya aquel que habia de abrogarla con la grandeza de su alma y con el poder de su genio. Los «Zelotas» (Kenaim) ó «Sicarios», asesinos piadosos que se imponian por deber matar á cualquiera que delante de ellos quebrantase la Ley, asomaban al horizonte[160]. Á consecuencia de la necesidad imperiosa de lo sobrenatural y extraordinario que experimentaba el siglo, algunos taumaturgos y representantes de otras ideas eran considerados como personas de especie divina[161] y alcanzaban crédito entre la credulidad pública.
Mayor influencia ejerció en el ánimo de Jesús el movimiento provocado por Júdas el Gaulonita ó el Galileo. Entre todos los vejámenes que Roma imponia á los países nuevamente conquistados, ninguno era tan impopular como el censo[162]. Esta medida, que siempre extrañan los pueblos no acostumbrados á las cargas de las grandes administraciones centrales, era particularmente odiosa á los ojos de los judíos. Un empadronamiento habia ya provocado en tiempo de David violentas recriminaciones y las amenazas de los profetas[163]. En efecto, el censo era la base del impuesto, y éste, con arreglo á las ideas de la teocracia pura, casi una impiedad. Siendo Dios el único dueño que el hombre debe reconocer, pagar el diezmo al soberano terrenal es deificarle hasta cierto punto. La teocracia judía, completamente extraña á la idea de estado, no hacia en esto sino deducir su última consecuencia, es decir, la negacion de toda sociedad civil y de todo gobierno. El dinero de las arcas públicas se miraba como dinero robado[164]. El empadronamiento que ordenó Quirino (año 6 de nuestra era) despertó vigorosamente esas ideas y produjo inmensa fermentacion, haciendo al fin estallar un movimiento en las provincias del Norte. Un tal Júdas, natural de la ciudad de Gamala, sobre la orilla oriental del lago de Tiberiade, y un fariseo llamado Sadok, se atrajeron, negando el impuesto, numerosos partidarios que bien pronto se declararon en abierta rebelion[165]. Las máximas fundamentales de aquel partido consistian en que, siendo Dios el único «dueño», no debia darse á nadie este título, y en que la libertad es preferible á la vida. Probablemente Júdas profesaba otros muchos principios, que Josefo, siempre cuidadoso de no comprometer á sus correligionarios, omite con marcada intencion; porque, á la verdad, no se comprende que por una idea tan sencilla le concediese el historiador judío un rango elevado entre los filósofos de su nacion, y le mirase como el fundador de una cuarta escuela paralela á las de los Fariseos, Saduceos y Esenios. Júdas fué, á no dudarlo, el jefe de una secta galilea, preocupada por el mesianismo, que acabó por llegar á un movimiento político. El procurador Coponius domó la sedicion del Gaulonita; pero la escuela subsistió y conservó sus jefes, como lo prueba el encontrarla de nuevo, sumamente activa, tomando parte en las últimas luchas de los judíos contra los romanos[166], capitaneada por Manahem, hijo del fundador, y por un tal Eleazar, pariente del primero. Quizás Jesús conoció á aquel Júdas que de tan diferente modo que él concibió la revolucion judáica; por lo ménos conoció su escuela, y probablemente el error del Gaulonita le inspiró el axioma de «dad al César lo que es del César», etc. Léjos de toda sedicion, el prudente Jesús se aprovechó de la falta de su predecesor, y soñó con otro reino y con otro rescate.
La Galilea era, pues, una vasta hornaza donde se hallaban en ebullicion los más opuestos elementos[167]. La consecuencia de aquellas agitaciones fué un extraordinario desprecio de la vida, ó mejor dicho, una especie de afan por salir al encuentro de la muerte[168]. En los grandes movimientos de fanatismo, las lecciones de la experiencia sirven de poco ó nada. En Argelia, durante los primeros años de la ocupacion francesa, inspirados que se decian invulnerables y enviados por Dios para arrojar á los infieles, aparecian cada primavera: su muerte se olvidaba apénas ocurrida, y el pueblo concedia la misma fe á los nuevos fanáticos que se levantaban al año siguiente. La dominacion romana, si bien rudísima bajo cierto aspecto, no era todavía muy quisquillosa, y dejaba ancho campo á la libertad. Aquellas grandes dominaciones brutales, terribles en la represion, estaban léjos de ser tan recelosas como las potencias que tienen un dogma que guardar, y abrian la mano hasta el momento en que creian oportuno emplear el rigor. En su carrera vagabunda, Jesús no fué ni una sola vez molestado por la policía. Aquella libertad, y sobre todo la ventaja que tenía Galilea de hallarse mucho ménos ligada que el resto de la Judea por los lazos del pedantismo farisáico, daban á aquella comarca gran superioridad sobre Jerusalen. La revolucion, ó mejor dicho el mesianismo, agitaba allí todos los corazones:—creíanse en vísperas de la gran renovacion, y los textos de la Escritura, torturados en diferentes sentidos, servian de pábulo á las más colosales esperanzas. En cada línea de los sencillos escritos del Antiguo Testamento imaginaban hallar la seguridad, y hasta cierto punto, el programa del reino futuro que debia traer la paz á los justos y poner eterno sello á la obra de Dios.
Bajo el punto de vista del órden moral, aquella division en dos partes opuestas, en interes y en espíritu, habia sido siempre un principio fecundo para la nacion hebrea. Todo pueblo susceptible de grandes destinos debe ser un mundo en miniatura, pero completo, encerrando en su seno polos opuestos. Grecia tenía á algunas leguas de distancia á Esparta y á Aténas, dos antípodas á los ojos del observador superficial, pero en realidad hermanas rivales indispensables la una á la otra. Lo mismo sucedia en Judea. El desarrollo del Norte, ménos brillante bajo cierto aspecto que el de Jerusalen, fué mucho más fecundo; las obras más notables del pueblo judío procedieron siempre de allí. La ausencia completa del sentimiento de la naturaleza, que conduce á la sequedad, al desabrimiento, á la barbarie, marcó todas la obras puramente hierosolimitanas con un sello grandioso, pero árido, triste, repugnante. Jerusalen, con sus doctores solemnes, sus insípidos canonistas y sus devotos hipócritas y atrabiliarios, no habria conquistado la humanidad. El Norte dió al mundo la cándida Sulamita, la humilde Cananea, la apasionada Magdalena, el buen padre adoptivo José, la Vírgen María. Sólo el Norte formó el cristianismo: Jerusalen es, por el contrario, la verdadera patria del judaismo obstinado que fundaron los fariseos, que el Talmud consagró y que, atravesando la Edad Media, ha llegado hasta nosotros.
Á formar aquel espíritu ménos austero, ménos ásperamente monoteista, por decirlo así, contribuia el aspecto de una naturaleza riente y deliciosa que imprimia á todos los sueños de Galilea un giro idílico y encantador. En el mundo no hay quizás país más árido y triste que los alrededores de Jerusalen. Por el contrario, la Galilea era una comarca fértil, cubierta de verdura, umbrosa, risueña, el verdadero país del Cántico de los cánticos y de las canciones del muy amado[169]. Durante los meses de Marzo y Abril, la campiña se cubre de una alfombra de flores de matices vivísimos y de incomparable hermosura. Los animales son pequeños, pero sumamente mansos. Tórtolas esbeltas y vivarachas, mirlos azules, de tan extremada ligereza, que se posan sobre los tallos herbáceos sin hacerlos inclinar, empenachadas alondras deslizándose casi entre los piés del viajero, galápagos de ojillos vivos y cariñosos, y cigüeñas de aire púdico y grave se agitan aquí y allá, deponiendo toda timidez y aproximándose tan cerca del hombre que parecen llamarle. En ningun país del mundo ofrecen las montañas líneas más armónicas ni inspiran tan elevados pensamientos. Jesús parece haberlas amado particularmente. Los actos más importantes de su carrera divina tienen lugar sobre las montañas; allí tenía mayor inspiracion[170]; allí conversaba muda y misteriosamente con los antiguos profetas, y allí se manifestaba ya transfigurado á los ojos de sus discípulos[171]. Aquel hermoso país, hoy tan triste y melancólico, á consecuencia del empobrecimiento que el islamismo ocasiona en la vida humana, pero que todavía respira en todo aquello que el hombre no ha podido destruir, deliciosa ternura y apacible encanto, rebosaba en tiempo de Jesús de bienestar y de alegría. Los galileos pasaban por enérgicos, valientes y laboriosos[172]. Á excepcion de Tiberiade, ciudad de estilo romano[173], construida por Antipas en honor de Tiberio (hácia el año 15), Galilea no tenía grandes poblaciones. Sin embargo, el país estaba muy poblado; cubríanle pequeñas ciudades y grandes aldeas, y todas sus comarcas se cultivaban con esmero. La campiña debia ser deliciosa; abundaban en ella los manantiales y era rica en toda especie de frutos; las viñas, las higueras, los naranjos, los granados y los limoneros sombreaban las granjas y formaban con sus ramas siempre verdes las aromáticas bóvedas de espaciosas huertas[174]. Si se juzgase por el que los judíos cosechan todavía en Safed, el vino era excelente y se hacia de él no pequeño consumo[175]. Aquella vida sin cuidados y fácilmente satisfecha no conducia al grosero materialismo de nuestros campesinos, á la rústica satisfaccion de un normando, á la tosca alegría de un flamenco:—espiritualizábase en ensueños etéreos, en una especie de poético misticismo que confundia el cielo con la tierra. ¡Dejad que el austero Juan Bautista predique la penitencia en su desierto de Judea, truene incesantemente, y se alimente de langostas en compañía de los chacales! ¿Por qué razon ayunarian los compañeros del esposo miéntras el esposo está con ellos? ¿No formará la alegría parte del reino de Dios? ¿No es ella la hija de los humildes de corazon, de los hombres de buena voluntad?
Toda la historia del cristianismo naciente llega á ser de ese modo una pastoral deliciosa. Un Mesías en una comida de bodas, la cortesana y el buen Zacheo convidados á sus festines, los fundadores del reino del cielo como una comitiva de paraninfos: hé ahí á lo que se atrevió Galilea, lo que legó al mundo haciéndoselo aceptar. La Grecia, por medio de la escultura y de la poesía, trazó hermosos cuadros de la vida humana; pero sin fondos fugaces, sin horizontes lejanos. Aquí faltan el mármol, los obreros excelentes, el idioma exquisito y refinado. Pero Galilea, con el solo auxilio de la imaginacion popular, creó el ideal más sublime; porque detrás de su idilio se agita el destino de la humanidad; porque la luz que ilumina su cuadro es el sol del reino de Dios.