De este modo recorria la Galilea en medio de una fiesta contínua. En sus excursiones, Jesús se servia de una mula, animal que constituye en Oriente buena y segura montura y cuyos negros ojos sombreados de largas pestañas son de extremada melancolía. Los adeptos desplegaban algunas veces en torno del maestro una pompa rústica, bien colocando sus vestidos sobre la mula en que cabalgaba, ó bien extendiéndolos ante sus pasos á guisa de alfombra[483]. Cuando entraba Jesús en alguna casa, era su presencia motivo de regocijo y de bendicion: deteníase de ordinario en las aldeas y en las granjas, donde hallaba siempre afectuosa hospitalidad. En Oriente, basta que un extranjero se detenga en una casa para que en seguida se convierta en un sitio público:—toda la aldea se reune en ella, la invaden los muchachos, y aunque traten de alejarlos, vuelven otra vez á la carga. Jesús no podia tolerar que maltratasen á aquellos cándidos oyentes; atraíalos hácia sí y los abrazaba con ternura[484]. Animadas las madres con tal acogida, le presentaban sus niños de pecho para que los tocase con sus manos[485]. Otras mujeres se acercaban á él y derramaban aceite y perfumes sobre su cabeza y sobre sus piés. En ocasiones, sus discípulos querian rechazarlas como importunas; pero Jesús, á quien gustaban las costumbres antiguas y todo lo que indicaba sencillez de corazon, reparaba cariñosamente la ofensa hecha por sus demasiado celosos amigos. Protegiendo siempre á los que deseaban honrarle[486], se convertia en el ídolo de los niños y de las mujeres. La reconvencion que más frecuentemente le dirigian sus enemigos, era que trataba de separar de sus familias aquellos seres delicados y fáciles de seducir[487].
Así es que en cierto modo la religion naciente fué un movimiento de mujeres y de niños. Estos últimos formaban al rededor de Jesús como una guardia infantil en la inauguracion de su inocente reino; preparábanle pequeñas ovaciones, que no dejaban de complacerle, llamábanle «hijo de David», gritaban Hosanna[488], y llevaban palmas marchando en torno de él. Quizás Jesús, como Savonarola, los dejaba servir de instrumento á misiones piadosas; de todos modos, no se mostraba descontento de que aquellos jóvenes apóstoles, que no le comprometian, marchasen de vanguardia concediéndole títulos que él no osaba proclamar. Dejábalos, pues, hacer, y cuando le preguntaban si los oia, respondia de un modo evasivo, que la alabanza que sale de labios inocentes es la más agradable á Dios[489].
Jesús no desperdiciaba ninguna ocasion de repetir que los niños deben considerarse como seres sagrados[490]; que el reino de Dios pertenece á los pequeñitos[491]; que para entrar en él es necesario ser como un niño[492], pues como á tal han de recibirle[493], y que el Padre celestial oculta sus designios á los ángeles y se los revela á los pequeños[494]. La idea de sus discípulos se confunde casi en él con la de los niños[495]. Un dia en que disputaban por cuestiones de preeminencia, disputas que eran frecuentes entre los discípulos, Jesús, llamando á sí á un niño, le colocó en medio de ellos y dijo: «aquí está el mayor; cualquiera, pues, que se humilláre como este niño, ése será el mayor en el reino de los cielos»[496].
Y en efecto, la infancia era la que en su divina espontaneidad, en su cándida ofuscacion de gozo, se posesionaba de la tierra. Creíase á cada instante que iba á amanecer el dia de un reino tan deseado, y cada cual se veia ya sentado en un trono[497] junto al maestro. Repartíanse los puestos[498] del futuro eden, y se trataba de computar el tiempo que tardaria su inauguracion. Esto se llamaba la «Buena nueva»; la doctrina no tenía otro nombre. La antigua palabra paraíso, que el hebreo, como todas las lenguas de Oriente, habia tomado de la Persia, y que en un principio sirvió para designar los parques de los reyes aqueménidas, resumia el sueño de todos, la aspiracion universal; ¡el paraíso! jardin delicioso, donde se continuaria para siempre una vida llena de inefables encantos[499]. ¿Cuánto tiempo duró aquella embriaguez? Se ignora. Durante el curso de aquella mágica aparicion, nadie midió el tiempo, así como nadie mide la duracion de un éxtasis. El vuelo de las horas quedó en suspenso; una semana fué como un siglo. Pero ya durase años ó meses, aquel ensueño fué tan hermoso, que despues de él la humanidad ha continuado viviendo de su recuerdo, y todavía es su debilitado perfume nuestra suprema consolacion. Nunca dilató el pecho humano un gozo tan puro ni tan inmenso. En aquel esfuerzo, el más vigoroso que haya hecho la humanidad para elevarse sobre el barro de nuestro planeta, hubo un momento en que olvidó los lazos de plomo que la ligan á la tierra y las angustias de la vida. ¡Feliz el que entónces pudo ver la luz de aquella aurora divina, y participar, siquiera por un dia, de aquella ilusion mágica y sin igual! Pero ¡más dichoso todavía—nos diria Jesús—el que, libre de toda ilusion, reproduzca en sí mismo la aparicion celestial, y sin ensueños milenarios, sin paraíso quimérico, sin otro móvil que la rectitud de su voluntad y la poesía del alma, sepa crear de nuevo en su corazon el verdadero reino de Dios!
CAPÍTULO XII
EMBAJADA DE JUAN Á JESÚS — MUERTE DE JUAN — CONEXION DE SU ESCUELA CON LA DE JESÚS
Miéntras que la risueña Galilea celebraba con festejos la venida del muy amado, el triste Juan se consumia de impaciencia y deseo en su prision de Machero. Las doctrinas y el éxito que alcanzaba el jóven maestro, á quien pocos meses ántes habia visto en las orillas del Jordan, llegaron hasta él. Decíase que el Mesías anunciado por los profetas, aquel que debia restaurar el reino de Israel, habia ya venido, y que sus hechos maravillosos demostraban su presencia en Galilea. Juan quiso cerciorarse de la veracidad de aquellos rumores, y como comunicaba libremente con sus discípulos, eligió á dos de ellos para que fuesen á ver á Jesús[500].
Los dos discípulos encontraron al profeta de Nazareth en el apogeo de su reputacion, y causóles no poca sorpresa la alegría que reinaba en derredor suyo. Acostumbrados á los ayunos, á la oracion, á una vida de aspiraciones y de rigidez, se admiraron al hallarse de pronto en medio de los regocijos de la bienaventuranza[501]. En cumplimiento de su cometido, expusieron á Jesús la causa de su mensaje, diciéndole: «¿Eres tú el que debia venir? ¿Debemos esperar á otro?» Jesús, que ya entónces no vacilaba respecto á su papel de Mesías, les enumeró los hechos que debian caracterizar el advenimiento del reino de Dios, tales como la cura de las enfermedades y la buena nueva de salvacion anunciada á los pobres, obras que él ejecutaba. «Dichoso, pues,—añadió,—aquel que no dudáre de mí.» Ignórase si esta respuesta encontró vivo á Juan Bautista, y el efecto que ella produjo en el ánimo del austero asceta. ¿Murió consolado y con la seguridad de que vivia ya aquel que él anunciára, ó conservó sus dudas respecto á la mision de Jesús? Nada hay á este respecto que pueda sacarnos de incertidumbre. Sin embargo, al notar que su escuela se continuó despues durante muchos años paralelamente á las iglesias cristianas, se inclina uno á creer que, no obstante su deferencia por Jesús, Juan no le consideró como aquel que debia realizar las promesas divinas. La muerte vino, por otra parte, á poner término á sus perplejidades. El martirio debia ser el digno coronamiento de la carrera inquieta y agitada, y de la indomable libertad del solitario.
Las disposiciones indulgentes que Antipas manifestó en un principio respecto á Juan, no fueron, á lo que parece, de mucha duracion. Segun la tradicion cristiana, en las entrevistas que Juan tuvo con el tetrarca, no cesaba de repetirle que su matrimonio era ilícito y que debia rechazar léjos de sí á Herodías[502]. No es difícil imaginarse el ódio inmenso que la nieta de Heródes el Grande debió concebir contra aquel consejero importuno, y se comprende el afan con que acecharia la ocasion de perderle.
Su hija Salomé, fruto de su primer matrimonio, y tan ambiciosa y disoluta como ella, fué el instrumento de sus designios. Antipas se encontraba á la sazon (probablemente en el año 30 de la era cristiana) en la fortaleza de Machero, y era dia del aniversario de su nacimiento. Heródes el Grande habia construido en el interior de la fortaleza un magnífico palacio[503], en el cual residia algunas veces el tetrarca. Con el motivo indicado, preparó allí un gran festin, durante el cual ejecutó Salomé una de esas danzas algo libres que en Siria no se consideran como impropias de una persona distinguida. Encantado Antipas de tanta gracia y soltura, preguntó á la bailarina lo que deseaba, y ésta, obedeciendo á las instigaciones de su madre, respondió: «La cabeza de Juan sobre esta fuente.» La exigencia no agradó mucho á Antipas; mas no tuvo fuerza bastante para rehusar. Un guardia cogió la fuente, fué á degollar al prisionero, y á los pocos instantes volvió á entrar con la sangrienta cabeza del Bautista[504].