MAQUINACIONES DE LOS ENEMIGOS DE JESÚS
Jesús pasó el otoño y una parte del invierno en Jerusalen, en donde esa estacion es bastante fria. El pórtico de Salomon, con sus corredores cubiertos, era el sitio en que se paseaba de ordinario[933]. Aquel pórtico se componia de dos galerías, formadas por tres órdenes de columnas y cubiertas de una techumbre de madera tallada[934]. Dominaba el valle de Cedron, que estaba sin duda ménos lleno de escombros que hoy en dia. La vista, desde lo alto del pórtico, no alcanzaba al fondo del barranco, y parecia, á consecuencia de la inclinacion de los taludes, que se abria un abismo á pico bajo el muro. El otro lado del valle poseia ya su adorno de suntuosas tumbas. Algunos de los monumentos que se ven allí hoy dia, eran quizás aquellos cenotafios en honor de los antiguos profetas[935] que Jesús mostraba con la mano, cuando, sentado sobre el pórtico, fulminaba amenazas contra las clases oficiales, que escudaban detrás de aquellas colosales masas su hipocresía ó su vanidad[936]. Á fines del mes de Diciembre, Jesús celebró en Jerusalen la fiesta establecida por Júdas Macabeo en conmemoracion de la purificacion del templo, despues de los sacrilegios de Antíoco Epifáneo[937]. Tambien se la llamaba la «Fiesta de las candelas», porque durante los ocho dias de la funcion se tenian en las casas las lámparas encendidas[938]. Jesús emprendió poco despues un viaje á Perea y á las orillas del Jordan, es decir, al mismo país que visitó algunos años ántes, cuando seguia la escuela de Juan[939] y donde él mismo habia administrado el bautismo. Allí, y sobre todo en Jericó, recibió, á lo que parece, algunos consuelos. En aquella ciudad, bien como punto principal de caminos muy importantes, ó bien á causa de sus perfumados jardines y de su rica cultura[940], habia una aduana de bastante consideracion. El recaudador principal, Zacheo, hombre rico, deseó ver á Jesús. Como era de estatura pequeña, se subió sobre un sicomoro que se hallaba cerca del camino por donde debia pasar la comitiva. Jesús se conmovió de tal inocencia en un personaje de consideracion, y quiso entrar en casa de Zacheo, áun á riesgo de producir un escándalo[941]. Se murmuró muchísimo, en efecto, de verle honrar con su presencia la casa de un pecador. Al partir, Jesús declaró que su huésped era buen hijo de Abraham; y como para aumentar el despecho de los ortodoxos, Zacheo llegó á ser un santo; dió, segun dicen, la mitad de sus bienes á los pobres y reparó con exceso los males que pudo haber ocasionado. No fué ésta solamente la única alegría de Jesús. Al salir de la ciudad, el mendigo Bartimeo[942] le produjo gran placer al llamarle obstinadamente «hijo de David», aunque le ordenaron callarse. El ciclo de los milagros galileos parece volver á abrirse por un momento en aquel país que muchas analogías semejaban á las provincias del norte. El delicioso oasis de Jericó, bien regado entónces, debia ser uno de los parajes más hermosos de la Siria. Josefo habla de él con la misma admiracion que de la Galilea, y le llama, como á esta última provincia, un «país divino»[943].
Jesús, despues de haber llevado á cabo aquella especie de peregrinacion á los lugares de su primera actividad profética, volvió á su querida estancia de Betania, en donde acaeció un hecho singular que parece tuvo consecuencias decisivas para el fin de su vida[944]. Cansados de la mala acogida que el reino de Dios encontraba en la capital, los amigos de Jesús deseaban un gran milagro que hiriese vivamente la incredulidad hierosolimitana. La resurreccion de un hombre conocido en Jerusalen debió parecer la cosa más convincente. Es necesario recordar aquí que la condicion esencial de la verdadera crítica es comprender la diversidad de las épocas y despojarse de las repugnancias instintivas que son el fruto de una educacion puramente razonable. Es necesario recordar tambien que, en aquella ciudad torpe é impura de Jerusalen, Jesús no era ya el mismo. Su conciencia, por la falta de los hombres, y no por la suya, habia perdido algo de su primordial limpidez. Desesperado, llevado al último extremo, no era ya dueño de sí. Su mision se le imponia y obedecia al torrente que le empujaba. Como sucede siempre en todas las grandes carreras divinas, la opinion era la que le imponia los milagros que hacia contra su voluntad. Á la distancia en que nos encontramos de aquella época, y en presencia de un solo texto, que ofrece señales evidentes de artificios de composicion, es imposible decidir si, en el caso presente, es todo ficcion, ó si un hecho real, sucedido en Betania, sirvió de base á los rumores extendidos. Es necesario reconocer, sin embargo, que el giro de la narracion de Juan tiene algo de enteramente diverso de los relatos de los milagros, nacidos de la imaginacion popular, de que están llenos los sinópticos. Añadamos que Juan es el solo evangelista que tiene un conocimiento exacto de las relaciones de Jesús con la familia de Betania, y que no se comprende que una creacion popular viniese á tomar puesto en un círculo de recuerdos tan personales. Lo que parece probable es que el prodigio de que se trata no fué uno de esos milagros completamente legendarios y de los que nadie es responsable. En otros términos, nosotros creemos que sucedió en Betania alguna cosa que fué considerada como una resurreccion.
La fama atribuia ya á Jesús dos ó tres hechos de esa naturaleza[945]. La familia de Betania fué inducida, quizás sin saberlo, al hecho importante que se deseaba. Jesús era allí adorado. Parece que Lázaro estaba enfermo, y que á consecuencia de un mensaje de sus hermanas alarmadas, Jesús abandonó la Perea[946]. La alegría de su llegada pudo hacer volver á Lázaro á la vida. Quizás tambien el ardiente deseo de tapar la boca á los que con ultraje negaban la mision divina de su amigo, condujo á aquellas apasionadas personas más allá de todos los límites. Quizás Lázaro, pálido aún á causa de su enfermedad, se hizo cubrir de vendas como un muerto y encerrar en su sepulcro de familia. Aquellos sepulcros eran espaciosas habitaciones talladas en la roca, en las que se entraba por una abertura cuadrada que cerraba una enorme baldosa. Marta y María acudieron delante de Jesús, y sin dejarle entrar en Betania, le condujeron á la gruta. La emocion que Jesús sintió al lado del sepulcro de su amigo, que creia muerto[947], pudo ser considerada por los concurrentes como esa turbacion, ese estremecimiento[948] que acompañaba á los milagros; la opinion popular se empeñaba en que la virtud divina fuese en el hombre como un principio epiléptico y convulsivo. Jesús (siempre en la hipótesis enunciada más arriba) deseó ver aún una vez al que habia amado, y habiendo sido separada la piedra, Lázaro salió envuelto en sus vendas y cubierta la cabeza de un sudario. Esa aparicion debió mirarse naturalmente por todos como una resurreccion. La fe no conoce otra ley que el interes de aquello que cree positivo. Siendo para ello enteramente santo el objeto que se propone, no tiene el menor escrúpulo en invocar en favor de su tésis malos argumentos cuando con los buenos no logra lo que desea. Si tal prueba no es sólida, ¡cuántas hay que lo son!... Si tal prodigio no es verdadero, ¡cuántos otros lo han sido!... Íntimamente persuadidos de que Jesús era taumaturgo, Lázaro y sus dos hermanas pudieron ayudar á la ejecucion de uno de sus milagros, como tantos hombres piadosos que, convencidos de la verdad de su religion, han tratado de triunfar de la obstinacion de los hombres por medios que consideraban bien débiles. El estado de su conciencia era el de las estigmatizadas, el de las convulsionarias, de las poseidas de los conventos arrastradas por la influencia del mundo en que vivian, y por su propia creencia, á actos fingidos. En cuanto á Jesús, no era más dueño que San Bernardo, que San Francisco de Asís de moderar la avidez de la muchedumbre y la de sus propios discípulos por lo maravilloso. La muerte, por otra parte, iba dentro de algunos dias á devolverle su divina libertad, y á sustraerle á las necesidades fatales de un papel que cada dia se hacia más exigente, más difícil de sostener.
Todo hace creer, en efecto, que el milagro de Betania contribuyó sensiblemente á acelerar el fin de Jesús[949]. Las personas que habian sido testigos de él fueron á la ciudad y hablaron muchísimo de la ocurrencia. Los discípulos contaron el hecho con detalles de aparato combinados en vista de la argumentacion. Los otros milagros de Jesús eran actos pasajeros, aceptados espontáneamente por la fe, aumentados por la reputacion popular, y sobre los cuales, una vez sucedidos, no se hablaba ya más. El de Betania era un verdadero acontecimiento que se pretendia de pública notoriedad, y con el cual esperaban tapar la boca á los fariseos[950]. Los enemigos de Jesús se irritaron sobremanera á causa de aquellos rumores, y trataron, segun dicen, de matar á Lázaro[951]. Lo que hay de cierto es, que desde aquella hora se formó un consejo compuesto de los jefes de los sacerdotes[952], en el cual fué presentada netamente la cuestion: «Jesús y el judaismo ¿pueden vivir juntos?» Presentar la cuestion era resolverla, y sin necesidad de ser profeta, como lo pretende el evangelista, el gran sacerdote pudo muy bien pronunciar su sangriento axioma: «Es necesario que muera un hombre por todo el pueblo.»
El «gran sacerdote de aquel año», valiéndonos de una expresion del cuarto evangelista, que da perfectamente cuenta del estado de humillacion á que se encontraba reducido el sumo pontificado, era José Caifás, nombrado por Valerio Grato y perteneciente en cuerpo y alma á los romanos. Desde que Jerusalen dependia de los procuradores, el cargo de gran sacerdote habia llegado á ser un destino amovible, y las destituciones se sucedian casi todos los años[953].
Caifás, sin embargo, se mantuvo más tiempo que los demás. Habia sido provisto de su empleo el año 25, y hasta el 36 no le perdió. Nada se sabe acerca de su carácter, y muchas circunstancias inducen á creer que su poder era sólo nominal. Á su lado, y por cima de él, vemos en efecto otro personaje que parece haber ejercido en el momento decisivo que nos ocupa un poder preponderante.
Aquel personaje era el suegro de Caifás, Hanan ó Annás[954], hijo de Seth, antiguo gran sacerdote depuesto, que, en medio de esa instabilidad del pontificado, conservó en el fondo toda la autoridad. Annás habia recibido el soberano sacerdocio del legado Quirinus el año 7 de nuestra era, cesando en su cargo el año 14 al advenimiento de Tiberio; pero permaneció muy considerado. Se continuó llamándole «gran sacerdote», por más que él no tuviese ya el empleo[955], y consultándole en todas las cuestiones graves. Durante cincuenta años, el pontificado permaneció casi sin interrupcion en su familia; cinco de sus hijos se revistieron sucesivamente de aquella dignidad[956], sin contar Caifás, que era su yerno. Por eso se la llamaba la «familia sacerdotal», como si el sacerdocio hubiera sido en ella hereditario[957]. Casi todos los grandes cargos del templo estaban entre sus manos[958]. Cierto es que otra familia alternaba en el pontificado con la de Annás, cual era la de Boethus[959]. Pero los Boethusim que debian el orígen de su fortuna á una circunstancia muy poco honrosa, eran ménos estimados de los fariseos piadosos. Annás era, pues, en realidad el jefe del partido sacerdotal. Caifás no hacia nada sin contar con él: se habian acostumbrado á asociar sus nombres, y el de Annás se mencionaba siempre el primero[960]. Compréndese, en efecto, que bajo aquel régimen de pontificado anual, trasmitido alternativamente segun el capricho de los procuradores, debia ser personaje muy importante un antiguo pontífice que habia conservado el secreto de las tradiciones, visto derrumbarse muchas fortunas más recientes que la suya, y guardado bastante crédito para hacer que por su influencia delegasen el poder á personas que le estaban sometidas completamente. Como toda la aristocracia del templo[961], Annás era saduceo, «secta, dice Josefo, sumamente severa en los procedimientos.» Todos sus hijos fueron tambien ardientes perseguidores[962]. Uno de ellos, llamado Annás, como su padre, hizo apedrear á Santiago, hermano del Señor, en circunstancias que tienen alguna analogía con la muerte de Jesús. El carácter de la familia era audaz, altanero y cruel[963], teniendo esa especie particular de maldad desdeñosa y solapada que caracteriza la política judía. Así, pues, debe pesar sobre Annás y los suyos, la responsabilidad de todos los actos que van á seguirse. Annás fué (ó si se quiere, el partido que él representaba) el que dió muerte á Jesús. Annás fué el actor principal de aquel terrible drama, y áun más bien que Caifás y que Pilato deberia sufrir el peso de las maldiciones de la humanidad.
En boca de Caifás es donde el evangelista coloca las palabras decisivas que acarrearon la sentencia de muerte de Jesús[964]. Se suponia que el gran sacerdote poseia cierto dón profético; la frase llegó á ser, en este supuesto, para la comunidad cristiana un oráculo lleno de profunda significacion. Pero esas palabras, cualesquiera que ellas fuesen, tradujeron el pensamiento de todo el partido sacerdotal. Ese partido estaba muy expuesto á las sediciones populares, y trataba de detener á los entusiastas religiosos, previendo con razon que, por su predicacion exaltada, traeria la ruina total de la nacion. Bien que la agitacion provocada por Jesús no tuviese nada de temporal, los sacerdotes vieron, como última consecuencia de ella, un agravamiento del yugo romano y la ruina del templo, fuente de sus riquezas y de sus honores[965]. Pero las causas que debian traer, treinta y siete años más tarde, la ruina de Jerusalen consistian en otra cosa que en el cristianismo naciente; estaban en el mismo Jerusalen, y no en Galilea. Sin embargo, no puede decirse que el motivo alegado en aquella circunstancia por los sacerdotes, careciese de verosimilitud hasta el punto de no ver en su procedimiento sino un acto de insigne mala fe. En cierto modo, si Jesús conseguia su propósito, acarreaba realmente la ruina de la nacion judía. Partiendo de principios admitidos como cosa corriente por toda la antigua política, Annás y Caifás estaban en su derecho al decir: «Vale más la muerte de un hombre que la ruina de un pueblo.» Ese razonamiento es, á nuestro juicio, detestable; pero él ha sido el de los partidos conservadores desde el orígen de las sociedades humanas. El «partido del órden» (tomo esta frase en el sentido pobre y mezquino) ha sido siempre el mismo. Creyendo que la última palabra del gobierno consiste en impedir las emociones populares, imagina hacer acto de patriotismo previniendo por la muerte jurídica la efusion tumultuosa de sangre. Poco inquieto del porvenir, no conoce que declarando la guerra á toda iniciativa, corre peligro de lastimar las ideas destinadas á triunfar un dia. La muerte de Jesús fué una de las mil aplicaciones de esa política. El movimiento que él dirigia era enteramente espiritual; pero era un movimiento, y por consiguiente los hombres de órden, persuadidos de que lo esencial para la humanidad es el reposo, debian impedir que se desarrollase el nuevo espíritu. Nunca se vió ejemplo más palpable de la ineficacia de semejante conducta, y del resultado opuesto á que ella conduce. Dejado en libertad, Jesús se habria consumido en una lucha desesperada contra lo imposible. El inteligente ódio de sus enemigos decidió el éxito de su obra, poniendo el sello á su divinidad.
La muerte de Jesús fué, pues, resuelta á fines del mes de Febrero ó á principios de Marzo[966]. Pero Jesús escapó aún por algun tiempo. Se retiró á una ciudad poco conocida nombrada Efrain ó Efron, hácia el lado de Betel, á una jornada escasa de Jerusalen[967]. Allí vivió algunos dias con sus discípulos, dejando pasar la tempestad. Pero se habia dado órden de prenderle tan pronto como se le viese en Jerusalen[968]. La solemnidad de la Pascua se acercaba, y se presumia que Jesús, segun su costumbre, iria á la capital á celebrar aquella fiesta.