Á excepcion de aquel reducido grupo de mujeres que desde léjos le consolaban con sus miradas, Jesús no veia en torno suyo sino el espectáculo de la bajeza ó de la estupidez humana. Insultábanle los que por allí pasaban, y oia á su alrededor necios sarcasmos que convertian sus gritos de supremo dolor en odiosos juegos de palabras:—«Ahí está el que se llamaba Hijo de Dios—decian,—¡que su padre venga ahora á librarle!—Á otros ha salvado y no puede salvarse á sí mismo. Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz y creerémos en él.—¡Hola! añadian, tú que derribas el templo de Dios y en tres dias le reedificas, sálvate á tí mismo:—¡si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz!»[1115].—Algunos, poco al corriente de sus ideas apocalípticas, creyeron oirle llamar á Elías, y dijeron: «Veamos si viene Elías á librarle.» Parece que los dos ladrones crucificados en su compañía le insultaban tambien[1116].

El cielo estaba sombrío[1117], y la tierra tenía, como todos los alrededores de Jerusalen, un aspecto árido y triste. Segun lo que ciertos relatos refieren, el corazon de Jesús desfalleció por un momento, ocultóle una nube la faz de su Padre, y entónces tuvo una agonía de desesperacion mil veces más acerba que todos los tormentos. No vió sino la ingratitud de los hombres, y, arrepintiéndose quizás de sufrir por una raza abyecta, exclamó:—«Dios mio, Dios mio, ¿por qué me has desamparado?» Pero su instinto divino volvió aún á recobrar su imperio. Á medida que el hálito vital se extinguia, su alma se serenaba y volvia otra vez á su celeste orígen. Experimentó de nuevo el sentimiento de su mision, vió en su muerte la salvacion del mundo, desapareció de su vista el repugnante espectáculo que se desarrollaba á sus piés, y, profundamente unido á su Padre, empezó en el patíbulo la vida divina que por siglos iba á gozar en el corazon de la humanidad.

En el suplicio de la cruz, la particularidad más horrible era, que la víctima podia vivir tres ó cuatro dias en aquel estado espantoso, enclavado sobre aquel escabel de dolor[1118]. La hemorragia de las manos cesaba pronto y no era mortal. La verdadera causa de la muerte consistia en la posicion violenta del cuerpo, la cual ocasionaba un completo desarreglo en la circulacion de la sangre, terribles dolores de cabeza y de corazon, y, por último, la rigidez de los miembros. Los crucificados de complexion robusta no morian sino de hambre[1119]. La idea capital de aquel suplicio cruel no era matar directamente al condenado por medio de lesiones determinadas; sino exponer al esclavo enclavándole por las manos, de que no supo hacer buen uso, y dejarle abandonado hasta que se pudriera sobre el madero. La organizacion delicada de Jesús le preservó de esa lenta agonía. Todo induce á creer que la ruptura de un vaso del corazon le produjo al cabo de tres horas una muerte repentina. Algunos momentos ántes de espirar su voz era todavía vigorosa[1120]. De pronto, lanzó un terrible grito[1121], en el que algunos oyeron oir:—«¡Oh Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!»; y otros, más preocupados por el cumplimiento de las profecías, supusieron que dijo: «¡Todo está consumado!» Su cabeza se inclinó sobre el pecho, y exhaló el último suspiro.

Reposa en tu gloria, noble iniciador de la más sublime doctrina. Tu obra se halla concluida; tu divinidad queda fundada. No temas ya que una falta venga á echar por tierra el edificio debido á tus esfuerzos. Léjos del alcance de la fragilidad humana, en adelante asistirás desde el seno de la paz divina á las infinitas consecuencias de tus actos. Á costa de algunas horas de sufrimientos, que ni siquiera pudieron abatir la grandeza de tu alma, has conseguido la más completa inmortalidad. ¡Tu nombre, gloria y orgullo del mundo, va á exaltarte durante millares de años! Lábaro de nuestras contradicciones, tú serás la bandera á cuyo alrededor se librará la más ardiente de todas las batallas. Y mil veces más vivo, más amado despues de tu muerte que miéntras cruzaste por este valle de lágrimas, llegarás á ser de tal modo la piedra angular de la humanidad, que borrar tu nombre de los anales del mundo sería conmoverle hasta en sus cimientos. Entre Dios y tú ya no habrá distincion ninguna. ¡Toma, pues, posesion de tu reino, sublime vencedor de la muerte, de ese reino adonde te seguirán, por la ancha via que trazaste, siglos de adoradores!

CAPÍTULO XXVI

JESÚS EN EL SEPULCRO

Con arreglo á nuestra manera de contar[1122], eran las tres de la tarde poco más ó ménos cuando Jesús espiró. Una ley judáica[1123] prohibia que los cadáveres de los ajusticiados quedasen suspendidos al patíbulo más allá de la noche del dia en que se verificaba la ejecucion. Sin embargo, es muy probable que no se observase tal medida en las ejecuciones hechas por los romanos. Pero como quiera que el siguiente era sábado, y un sábado de extraordinaria solemnidad, los judíos expresaron á la autoridad romana[1124] su deseo de que no mancillase aquel santo dia con semejante espectáculo. Accedióse á la demanda, y se dieron las órdenes oportunas para que se precipitase la muerte de los ajusticiados, á fin de retirarlos cuanto ántes de la cruz. Los soldados ejecutaron la consigna aplicando á los dos ladrones el crurifragium ó rompimiento de piernas[1125], segundo suplicio mucho más expeditivo que el de la cruz, y que de ordinario se imponia á los esclavos y á los prisioneros de guerra. En cuanto á Jesús, como los soldados le encontraron muerto cuando fueron á ejecutar la órden, creyeron inútil aplicar el crurifragium. No obstante, uno de ellos, á fin de evitar toda incertidumbre respecto á la muerte del tercer crucificado, y de acabarle, si algun resto de vida le quedaba, le dió una lanzada en el costado. Vióse entónces salir de la herida sangre y agua, lo cual se consideró como la señal de un completo fallecimiento.

Juan, que pretende haber presenciado la escena[1126], insiste mucho sobre este pormenor. Y en efecto, es evidente que surgió más de una duda respecto á la realidad de la muerte de Jesús. Á las personas acostumbradas á presenciar crucificamientos, algunas horas de suspension en la cruz no les parecian suficientes para producir tal resultado. Citábanse muchos casos de crucificados que, desprendidos á tiempo, habian vuelto á la vida merced á curas enérgicas[1127]. Orígenes creyó despues que un fin tan rápido debia considerarse como un hecho milagroso. En el relato de Márcos se halla tambien el mismo sentimiento de admiracion[1128]. Sin embargo, nosotros creemos que la mejor garantía que puede tener el historiador, respecto á un hecho de esta naturaleza, es el ódio receloso de los enemigos de Jesús. No parece probable que los judíos abrigasen entónces el temor de que hicieran pasar á Jesús por resucitado; pero de todos modos, lo natural era que cuidasen de que estuviese muerto y bien muerto. Cualquiera que haya sido en ciertas épocas la negligencia de los antiguos en todo lo que se relacionaba con la comprobacion legal y con la estricta inspeccion de los negocios, no es de creer que los interesados dejáran de tomar algunas precauciones en el caso que nos ocupa[1129].

Segun la costumbre romana, el cadáver de Jesús deberia haber quedado suspendido al patíbulo para que le devorasen las aves de rapiña[1130], y con arreglo á la ley judáica, una vez descolgado durante la noche debia depositarse en seguida en el sitio infame donde se enterraban los ajusticiados[1131]. Éste habria sido el destino del cuerpo de Jesús, si el maestro no hubiese tenido más discípulos que sus pobres galileos, tímidos y sin crédito. Pero ya hemos visto que, á pesar del poco éxito que Jesús obtuvo en Jerusalen, habia conseguido captarse las simpatías de algunas personas considerables que esperaban el reino de Dios y que, sin declararse abiertamente discípulos suyos, le eran en extremo adictas. Entre aquellas personas figuraba un tal José, natural de la pequeña ciudad de Arimathea (Ha-ramathaim)[1132], el cual fué aquella noche á pedir el cuerpo al procurador Pilato[1133]. José era hombre rico, muy notable en la ciudad y miembro del sanedrin. Además, en aquella época la ley romana prescribia que se entregase el cadáver del ajusticiado á la persona que lo reclamase[1134]. Pilato, que ignoraba la circunstancia del crurifragium, se admiró de que Jesús hubiese muerto tan pronto, é hizo venir al centurion que habia presidido la ejecucion, para informarse de lo que habia sobre el particular, y despues de haber escuchado las afirmaciones de aquel funcionario, concedió á José el objeto de su solicitud. Probablemente habian descendido ya el cuerpo de la cruz, y se lo entregaron al solicitante, para que dispusiera de él como mejor le pareciera.

Otro amigo secreto de Jesús, Nicodemo[1135], á quien ya hemos visto más de una vez empleando su influencia en favor del maestro, apareció tambien en aquel instante junto á la cruz, llevando consigo gran provision de las sustancias necesarias al embalsamamiento. José y Nicodemo amortajaron, pues, á Jesús con arreglo á la costumbre judáica, esto es, envolviéndole en un sudario preparado con mirra y áloe. Las mujeres galileas se hallaban presentes[1136], y sin duda acompañaban la escena con lágrimas y agudos sollozos.