—¡Y no volveremos a vernos más!
Nada repliqué.
—Jamás—continuó,—¿lo entiende usted? jamás. He puesto entre nosotros el único obstáculo que puede separarnos sin idea de retorno.
Me arrojé a sus pies, la tomé las manos sin que resistiera, sollozando. Tuvo un momento de debilidad que le cortó la palabra, retiró las manos y me las volvió a dar tan pronto como hubo recobrado su firmeza.
—Yo haré todo lo posible por olvidarle. Usted olvídeme. Eso le será más fácil todavía. Cásese, más adelante, cuando usted quiera. No imagine que su esposa pueda tener celos de mí, porque cuando eso pudiera suceder yo estaré muerta o seré feliz—concluyó, con un estremecimiento que en poco estuvo no la hiciera caer.—Adiós.
Yo estaba de rodillas, los brazos extendidos, esperando una frase más dulce que ella no pronunciaba. Una postrera reacción de debilidad o de lástima se la arrancó.
—¡Mi pobre amigo! Era fatal llegar a esto. ¡Si supiera usted cuánto le amo! No se lo habría dicho a usted ayer: hoy puedo confesarlo puesto que es la palabra prohibida que nos separa.
Ella, extenuada poco hacía, había hallado por milagro no sé yo qué recurso de virtud que le prestaba fuerza suficiente. Yo no tenía ninguna.
Me parece que aún añadió dos o tres palabras que no entendí; luego se alejó dulcemente como una visión que se desvanece y no la volví a ver, ni aquella noche, ni al siguiente día, ni nunca más.
Partí al romper el día sin ver a nadie. Evité atravesar París y me hice llevar directamente a la casa que en un extremo suburbio habitaba Agustín. Era domingo y le hallé con su familia.