—Sea, acepto la palabra para la señora de Bray, porque eso le corresponde exclusivamente.

En aquel momento la señora de Bray llegaba acompañada de los niños sofocados, empapados de sudor. Hubo un instante de completo silencio durante el cual, como al final de una sinfonía que expira en un sin fin de pequeños acordes, no se oía más que el cuchicheo de los mirlos que charlaban mucho, pero ya no reían.

Pocos días después de aquella conversación que me había hecho penetrar hasta la intimidad de un espíritu en el cual era la originalidad más real haber seguido estrictamente la antigua máxima de conocerse a sí mismo, una silla de posta se detuvo en el patio de Trembles.

Apeose de ella un hombre de cabello escaso, gris y cortado al rape, pequeño, nervioso con todo el exterior, la fisonomía, la madurez y la previsión de un hombre poco ordinario y preocupado de asuntos graves hasta en viaje. Perfectamente vestido, por otra parte, su aspecto revelaba costumbres elevadas de situación, de mundo y de rango. Examinó severamente lo que se veía del castillo, el emparrado, un rincón del parque, alzó los ojos hasta las torrecillas y se volvió para contemplar las pequeñas ventanas del antiguo departamento de Domingo.

Domingo llegó a la terraza: se reconocieron.

—¡Ah, qué sorpresa, mi amigo tan querido!—dijo Domingo avanzando hacia el visitante, las dos manos cordialmente abiertas.

—Buenos días, de Bray—dijo éste con el acento puro y franco de un hombre a quien la verdad parece haber refrescado los labios toda la vida.

Era Agustín.

FIN

Nota: