Por las noches continuaba escribiendo con furor, porque nada hacía yo a medias. Me parecía a veces—tal era el cúmulo de ilusiones que se reunían en mi cabeza,—que estaba a punto de dar a luz alguna obra maestra. Obedecía a una fuerza ajena a mi voluntad como todas las que me poseían. Si con los recuerdos de aquella época hubiese conservado la más leve de las ignorancias que la hicieron tan bella y tan estéril, diría que aquella facultad singular, siempre dominadora y jamás sumisa, desigual, indisciplinable, llegando en cierto momento y alejándose como había venido, asemejaba a lo que los poetas llaman inspiración y personifican en su Musa. Era imperiosa e infiel, dos rasgos salientes que me hicieron tomarla por la inspiradora ordinariamente de los espíritus dotados. Pero un día, más adelante, comprendí que la visitante que me causó tantas alegrías primero y luego tanta decepción, no tenía nada de lo característico de la Musa sino mucha inconstancia y mucha crueldad.
Esta doble vida de fiebre del corazón, de fiebre del espíritu, hacían de mí un ser muy equívoco. Notábalo yo. Había en ella más de un peligro que traté de conjurar y creí llegado el momento de desembarazarme de un secreto sin valor para poner a salvo otro más precioso.
—Es singular...—me dijo Oliverio.—¿A dónde te conducirá eso? Después de todo, tienes razón si ese trabajo te divierte.
Breve respuesta que encerraba no poco desdén y quizás mucho asombro.
En medio de estas distracciones mis estudios iban bastante bien. Continuaba obteniendo éxitos que despreciaba comparándolos con la grandeza de los sentimientos que hacían que fuese un hombre pequeño y, según mi juicio, un corazón tan grande. De tarde en tarde recibía de lejos un impulso que me obligaba a considerar aquellos éxitos menos desdeñables. Desde el día que nos separamos, Agustín no me había olvidado. En cuanto lo permitía la distancia que nos separaba continuaba procurándome las enseñanzas que habían comenzado en Trembles. Con la superioridad que le prestaba la experiencia de la vida abordada por los lados más dificultosos, en el más grande de los escenarios, y según el progreso moral que suponía en su discípulo, había elevado poco a poco el tono de sus consejos. Sus lecciones se convertían ya casi en conversaciones de hombre a hombre. Me hablaba poco de él mismo y sólo en términos vagos para decirme que trabajaba, que hallaba grandes obstáculos, pero que esperaba llegar a buen término. Algunas veces una rápida descripción, bosquejo del mundo en que vivía, de los hechos, de las ambiciones que le rodeaban, seguía a la expresión de los buenos ánimos que tenía para luchar, como para experimentarme con tiempo y prepararme a las enseñanzas que más tarde debía sacar de las más brutales realidades. Se preocupaba de lo que yo pensaba, de lo que hacía y sin cesar me preguntaba qué era lo que en fin había resuelto emprender después que saliera de mi provincia.
«He sabido—me decía,—que es usted el primero de la clase. Está muy bien. Pero no se envanezca por semejantes ventajas. La emulación en el colegio es la forma ingenua de una ambición que usted conocerá más tarde. Acostúmbrese a permanecer en primera línea para que nunca se sienta satisfecho de usted mismo si llegase a ocupar tan sólo la segunda en lo sucesivo. Sobre todo no equivoque el móvil de su esfuerzo, no confunda el orgullo con la modesta apreciación de lo que puede hacer. No le preocupe nunca, sobre todo en el orden moral, más que la extrema altura del objeto y la necesidad de acercarse a él lo más posible; eso le prestará a usted mucha humildad y mucha fortaleza. La imposibilidad casi general, de alcanzar lo extremo de ciertos ensueños hará que considere estimable y digno de piedad, el esfuerzo que cualquier hombre de buena fe intente hacia la perfección. Si se siente más cerca que él, calcule de nuevo lo que le queda por hacer y los acobardamientos valdrán más, desde el punto de vista moral, que no las vanidades.»
Permítame que le muestre algunos extractos de cartas de Agustín y suponiendo mis contestaciones le será fácil comprender el espíritu general de nuestra correspondencia y verá usted más exactamente cuáles eran entonces su vida y la mía.
«París 18...
»¡Diez y ocho meses hace ya que estoy aquí! Sí, mi querido Domingo, diez y ocho meses han transcurrido desde que nos separamos en aquella pequeña plaza diciendo hasta la vista. Veinticuatro horas después, cada uno de nosotros pusimos manos a la obra. Deseole, mi querido amigo, que esté más satisfecho de sí mismo que yo lo estoy de mí. La vida sólo es fácil para quienes la espigan sin penetrarla. Para ésos París es el lugar del mundo en donde más cómodamente se puede tener la creencia de que se existe. Basta dejarse arrastrar por la corriente como un nadador en una masa de agua pesada y rápida; se flota en ella, y no se ahoga uno. Verá usted eso algún día y será testigo de muchos éxitos debidos tan sólo a la ligereza de los caracteres y de muchas catástrofes que no se habrían padecido con diferente peso en las convicciones. Es bueno familiarizarse desde temprano con el espectáculo verdadero de las causas y de los efectos. No sé qué ideas tiene usted de todo esto, si es que las tiene. En todo caso es poco probable que sean precisas y lo más triste del caso es que tiene usted razón. El mundo debía ser en todo semejante a lo que usted imagina. ¡Si usted supiera cuán diferente es! Mientras no pueda juzgarlo por sí mismo, habitúese a estas dos ideas: que hay verdades y existen hombres. Jamás cambie usted respecto del sentimiento nativo que tiene usted tocante a las unas; y cuanto a los otros espere que llegue el día en que los conozca.
«Escríbame con más frecuencia. No me diga que ya conozco su vida y que no tiene nada que referirme. A los años que usted tiene y en un alma como la suya cada día hay algo nuevo. ¿Recuerda la época en que medía usted las hojas que nacían y me comunicaba el número de líneas que habían crecido bajo la acción de una noche de escarcha o un día de sol fuerte? Pues lo mismo sucede con los instantes de un mozo de su edad. No se asombre de ese desenvolvimiento rápido que, conociéndole a usted, imagino que ha de sorprenderle y acaso asustarle. Deje actuar fuerzas que tratándose de usted no tienen nada de peligrosas; hábleme para que le conozca, permítame verle tal cual es y a mí vez le diré a usted cuánto ha crecido. Sobre todo sea ingenuo en sus sensaciones. ¿Acaso tiene necesidad de estudiarlas? ¿No es bastante sentirse emocionado? La sensibilidad es un don admirable; en el orden de las creaciones que usted debe producir puede llegar a ser una fuerza extraordinaria, pero con una condición: que no la revuelva usted contra sí mismo. Si de una facultad creadora eminentemente espontánea y sutil, hace usted un elemento de observación, si refina, si examina, si no le basta el sentir y experimenta la necesidad de estudiar el mecanismo, si el espectáculo de un alma emocionada es lo que más le satisface de la emoción, si se rodea de espejos convergentes para multiplicar la imagen hasta lo infinito, si mezcla usted el análisis humano a los dones divinos, si de sensible se convierte usted en sensual, no hay límites para semejantes perversidades y, se lo advierto, eso es muy grave. Hay una fábula muy antigua que es encantadora, se presta a muchas interpretaciones y se la recomiendo. Narciso se enamoró de su propia imagen; no pudo apartarla de sus ojos; no era posible que llegase a apoderarse de ella y murió víctima de la misma ilusión que le había seducido. Piense usted en esto y si llega a sucederle sufriendo, amando, viviendo, por mucho que le parezca seductor el fantasma de usted mismo, apártese de él.»