Oliverio observó la dirección que llevaban los carruajes y luego que el último hubo desaparecido, dijo, revelando la satisfacción de un hombre que conoce su París y que al volver lo encuentra igual que siempre:
—Sí, el rey va esta noche a los Italianos.
Y no obstante la lluvia y el frío de la noche, permaneció todavía algún tiempo inclinado sobre aquel hormigueo de desconocidos que pasaban de prisa, renovándose sin cesar y a quienes parecía que intereses apremiantes dirigían en pos de objetos contrarios.
—¿Estás contento?—le pregunté.
Lanzó un poderoso suspiro como si el contacto de aquella vida extraordinaria le hubiera llenado súbitamente de aspiraciones desmesuradas y me dijo, sin contestarme:
—¿Y tú?
Luego, sin esperar mi contestación, continuó:
—¡Ah, caramba! Tú miras atrás; no estás en París más que estaba yo en Ormessón. Tu suerte es añorar siempre y no desear nunca. Sería cosa de adoptar tu sistema. Aquí se envía, luego que son mayores, a los muchachos cuando se desea hacerlos hombres. Tú perteneces a ese número, y no te compadezco: eres rico, no eres un cualquiera... ¡y amas!—añadió bajando la voz lo más posible.
Y con una efusión que jamás había observado en él me estrechó entre sus brazos y añadió:
—¡Hasta mañana, querido amigo, hasta siempre!