—No, por una ausencia, que no es lo mismo, porque de lo pasado guardamos el uno y la otra la única memoria que nunca ensucia los recuerdos.

—¿Y ahora?

—¡Ahora!... ¿Sabes algo?...

—Nada sé; pero imagino que habrás hecho lo que hace poco me recomendabas.

—En efecto—dijo Oliverio sonriendo.

Luego se puso serio y continuó:

—En otro momento te contaré. Ahora no hay oportunidad. El ambiente de este cuarto está impregnado de una emoción muy respetable. No cabe promiscuidad entre la mujer de la cual te hablaré y aquella otra cuyo nombre no debe ser pronunciado siquiera mientras de la otra nos ocupamos.

Ruido de pasos en la antesala interrumpió nuestra conversación. Mi criado anunció a Agustín que raras veces venía a aquella hora. La vista de aquella enérgica e inflexible fisonomía me devolvió hasta cierto punto un poco de energía. Me parecía como si la suerte me enviase un refuerzo en aquel momento que tanto lo necesitaba.

—Llega usted en buen momento—le dije procurando mostrarme animado.—No merecía la pena de tomarme tanto trabajo, ¿verdad? Vea usted, todo lo he destruido.

Hablábale siempre como cumple a un ex discípulo respecto de su maestro, y le reconocía el derecho de interrogarme acerca de mis tareas.