—¡Ha adivinado usted!—replicó con un acento que revelaba amargura.

—Menester es adivinar cuando usted tiene el orgullo de no declararlo.

—Hijo mío—continuó, usando siempre aquella forma paternal que prestaba cierto encanto a la rudeza de sus consejos,—el problema no está en saber si uno es feliz, lo que importa es averiguar si se ha hecho todo para llegar a serlo. Un hombre de bien merece, indudablemente, ser dichoso; pero no siempre tiene el derecho de lamentarse porque no lo es todavía. Es cuestión de tiempo, del instante, de oportunidad. Hay muchas maneras de sufrir: unos sufren por error, otros por impaciencia. Perdóneme un desplante de modestia. Yo quizás soy tan sólo un poco impaciente.

—¿Impaciente? ¿y de qué? ¿Se puede saber?

—De no estar solo—me dijo con singular emoción,—con objeto de que si algún día alcanzo un nombre no me vea reducido al triste resultado de coronar mi egoísmo.

Después añadió:

—No hablemos de estas cosas demasiado pronto. Usted será el primero a quien daré cuenta de ellas cuando llegue el momento.

Guardó silencio un instante y poniéndose de pie me dijo:

—No estemos aquí: esto huele a derrota. Y no es que eso me fastidie, pero da ganas de abandonarse.

Salimos juntos y andando, andando le puse al corriente de los motivos particulares de fastidio y de desaliento que tenía. Mis cartas le habían advertido y el resto lo presumió el día que Magdalena y él se vieron. No hallé, pues, dificultad ninguna para ponerle al corriente de las graves circunstancias de una situación que conocía tan bien como yo, ni para explicarle las perplejidades de mi alma en la cual había él medido todas las resistencias y todas las debilidades.