—¿Entonces no me guardará rencor?
—De ningún modo. Usted no se pertenece.
Sentose delante del tocador y añadió: «Adiós», sin volver la cabeza. Pero me miró en el espejo y sonrió.
Me separé de ella sin más explicaciones.
—Otra necedad más—me dijo Oliverio cuando se enteró de lo que había yo hecho.
—Necedad o no heme libre—repuse.—Me voy a Trembles y te llevo conmigo. No será difícil que se resuelvan a venir a pasar las vacaciones.
—¿A Trembles contigo? ¿Magdalena en Trembles?—repetía Oliverio cuyos planes había desbaratado mi resolución brusca y temeraria.
—Querido amigo—le dije arrojándome enajenado en sus brazos,—no me digas nada, nada objetes. Seré prudente, muy prudente, pero seré también dichoso; concédeme esos dos meses, que no volverán, que no tornaré a encontrar; es corto tiempo y tal vez el único período de dicha que lograré en toda mi vida.
Le hablaba arrastrado por tan ardiente deseo, me vio tan reanimado, tan cambiado ante la perspectiva inesperada de aquel viaje, que se dejó seducir y tuvo la debilidad y la generosidad de asentir a todo.
—Sea—dijo.—En definitiva, eso a vosotros solos os incumbe. No soy ángel de la guarda. Después de todo bastante hago guiando sólo los pasos de dos locos de atar como tú y yo.